salud comunitaria

"if the major determinants of health are social, so must be the remedies" Michael Marmot


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39 palabras (V) Epílogo

39 palabras (I)
39 palabras (II)
39 palabras (III)
39 palabras (IV)

Siempre me ha obsesionado la descripción minuciosa del momento en que apareciste. Poder anotar toda esa semiología profusa, pasmosamente correlacionada con lo tanto escrito en cientos de textos y obras, inventario de signos y presagios desencadenados en el tiempo que estuviste cerca, pero sobre todo con el tiempo que estuviste lejos. Porque el síndrome que refiero, seguramente compartido por ambos, se debe más a tu ausencia que a tu presencia y , con certeza, de haber sido el espacio común más cotidiano – a esto siempre llegamos a un acuerdo – la sintomatología hubiera sido probablemente más larvada y autolimitada, quizás inexistente.

Me fascina detallar todo lo acaecido aquel día, cada uno de los gestos de tus manos sobre tus clavículas, tus muñecas, las cuentas del collar, realizar un listado de la ropa y de los objetos que llevabas, el pañuelo en el pelo, un mechón herido. Enumerar los factores contextuales, el escenario en que viste la luz, aunque era de noche, la metereología, la consistencia de las nubes, la temperatura del viento, las personas que había alrededor, cuántas entraron, cuántas salieron, el sonido de las calles o si había algo de música de fondo, el color del suelo, si había llovido o si los suburbios de Tepanahuori despedían un vaho triste, el sabor de la tierra, si las campanas habían sido displicentes al angelus, contar los perros en las columnas y el misterio de los zaguanes.

Me anoto también a mí. Cómo había dormido el día antes, la textura de los sueños, qué alimentos había ingerido los últimos días, si tenía fiebre, si el pulso era un poco más débil, si mis hábitos de paleocortex y reptil habían variado, la flaqueza objetiva de mi alma o la dureza subjetiva de mi sexo, si mi pelo había raleado o mis dedos mecían el aire en sentido contrario como suele ocurrirme en días rojos, la cadencia del aliento, si había tomado más de la cuenta o si el humo anotaba en los ventrículos, cuánto medía mi tristeza o cuánto ocupaba mi esperanza, si tenía réditos de belleza o algún poema anotado en los bolsillos. Si echaba algo de menos, cuánta era mi ñoaranza, cómo el tono de mis zapatos, por qué la debilidad mi fortaleza.

Me gusta analizar una a una las variables para tratar de explicar en qué momento ocurrió todo. Y creo que el momento clave fue cuando cruzaste la plaza, Florentina.
Y el gesto de bajar la barbilla y al cruzar desde la iglesia y en ese momento yo aspiraba el café de un vaso y el olor me llevó a una traza rota que traía el aire bajando del norte y en esa traza venía un recuerdo de la esquina de la cocina de cuando era niño y un azulejo hendido y humo en el envés del recuerdo y un gato claro cerca y al mirarte y el muro de Junio y llevabas la mano a la nuca y el pelo caía en la espalda y ahí el aire dejó y la pendiente de tu espalda y el café se vino a mi lengua y pensé en tu vientre transparente y en mi boca y fue como algo agarrado en el pecho para emerger, de libro, la patología conocida y descrita.

Creo que así fué.

Pero si el misterio de cómo apareciste y cómo ocurrió todo es inmenso, el misterio de cómo desapareciste fue más fascinante aún.
Aquí la descripción minuciosa se difumina. Pierdo variables. Sólo recuerdo. Una mañana El horizonte La frontera de la ciudad con el cielo eran azules, Pensé en la borrina que siempre señalaba mi padre cuando eramos críos El mundo era azul De un azul que parecía imaginado. Era Abril Hacia frío y me quedé mirando todo aquello con una desprovisión de ánimo. Pero algo así rozaba perfecto la Belleza
Cerré los ojos Décimas de segundo.

Cuando los abrí de nuevo
ya no quedaba ni un resto de vos.

Pero tampoco quedaba nada de mi

Desde entonces
lo mejor para saber
qué fue de aquel
es interrogar
dentro de ti.


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Estudio de la tristeza en Asturias

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“hubo una epidemia de tristeza en la ciudad”
Joaquín Sabina

El número de actos de declaración ha sido en la totalidad del periodo de 9.247. El número total de casos declarados, con confirmación diagnóstica, desde 1984 al 2006 ha sido de 8.342. Hay que tener en cuenta la subdeclaración y el infradiagnóstico por la sintomatología larvada del cuadro.
Y el miedo.
Por culpa del miedo mantenemos unas tasas similares a las del resto del país. De todas formas, la incidencia ha sido significativamente superior a la incidencia esperada, y de forma global para los 22 años de estudio, más elevada en los meses de febrero, abril y mayo.
El cuadro clínico característico sigue siendo la mancha en las muñecas, esas ganas de adormecer bestias o de dormir en las gasolineras, los paisitos de nadie, exilios en las esquinas y rondas por las manzanas buscando sombras en los escaparates. Sólo un 15% de los casos presentaba alteraciones del sueño. De presentarse fueron característicos los paseos desvelados y con tendencia al llanto por los pasillos, la contención, ganas de esconder arañas y en algunos, pocos, muy pocos, ruines, casos despreciables estadísticamente hablando – sólo un 0,3% – aparecieron las antiguamente mencionadas golondrinas perentorias de las venas. Tema éste último recurrente en todas las series descritas de epidemias similares. Un 1% presentaron tendencia a desatarse los cordones. En estos casos, desatarse y atarse repetidas veces los cordones, era factor de mal pronóstico en la evolución de la sintomatología. El 95% de los casos precisaron ingreso. Un 58% refirió artromialgias y presenta exantemas periféricos, pupilas rotas. Dos, solo dos, franco llanto y pidieron ser excluidos del estudio.
Siete médicos de la red de vigilancia autonómica solicitaron abandonar la vigilancia epidemiológica durante la séptima semana del año 93. La ciudad, no cuantificable obviamente en el estudio, se presentó tristísima en algunos momentos. Un cuadro limpio y perfectamente declarable de tristeza en las calles, poso de sorber lágrimas en los semáforos y ese mar pegado tan a las manos que no se iba con nada. No consentimos, insisto, en cuantificarla como caso declarado. Yo mismo tuve ganas de bostezar en varias ocasiones aparejando gráficas, recolectando números que se convertían en colillas y colillas que se convertían en números. En algunos de los picos de la epidemia también frotamos los ojos en el servicio, nos pusimos nostálgicos en los andenes y nos enamoramos de mujeres imposibles por el simple hecho de tocar la arena que prende en los corazones. La misma que luego dormimos en la boca con palabras monótonas.
Pero hay esperanza. La tendencia de la serie, tanto en las incidencias semanales, trimestrales y anuales, es de clara esperanza. Una tendencia descendente y mantenida de remisión de casos, más relevante desde la vigésimo cuarta semana de 1999. Los buenos resultados en la monitorización de la epidemia nos permiten establecer patrones metodológicos, sensibles y eficaces, apenas sinceros, casi realistas, para mantener la vigilancia del fenómeno en los próximos 25 años.

Del libro “La ñoaranza de Artemio Rulán”

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Cartas

(recuerda: “Nos mudamos”)

Florentina Resteiro. De las cartas a Artemio Rulán.
Del libro “Los gorriones de Artemio Rulán”

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Mi estimado:
Me gustó mucho esa idea tuya de que a partir de ahora escribirías por mi y que incluso tratarías de escribir como yo. Tierno.
Siempre te han caracterizado unas ideas, no sé como decirles, brillantes sea manido, unas ideas que siempre nos han acabado medio enamorando a todos: aquella huelga a la inversa de lectura que propusiste con todo el pueblo tomando las calles con un libro y leyendo solitarios y callados, hermosos, en los parques y bancos, el pelo revuelto, en sillas de tijera o en los bordillos sentados, con la espalda contra las paredes, una protesta silenciosa, individuales pero colectivos, uno y todos a la vez, con un libro abierto a plena luz con la única protesta de un libro abierto como única bandera.
Claro. Cómo no iba a gustarme esto que me dices ahora esto de que a partir de ahora ibas a escribir sólo cómo yo hablo o como yo te digo a veces, utilizar mis giros o mis malas puntuaciones o mis malas costumbres o mis palabras indebidas o mis expresiones torpes. Cómo no iba a gustarme eso de que tu oficio de ahora en adelante va a ser además del mar llenar papeles y papeles para juntar en ellos mis tristezas o mis desgracias para como en una cinta pegajosa reunir todas esas desdichas, esta soberbia melancolía que tengo en los puños, llevártela toda en borrador a tu pluma y a tu máquina de escribir, imitando un ruido torpe de inventores medievales, un gastado propósito de ruedas y ceniceros que me dices, pero con el único propósito de dejarme la luz entera para el día, la luz entera para mi boca me dices y para sólo tener mi ñoaranza, aquí mecida, en este espejo de letras que te vas empeñando en rellenar a fuerza de tanto escribirme Rulán, a fuerza de tanto amarme el espíritu y el vientre Rulán.

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Princesas

Hace años conocí a una princesa sirena. Solíamos viajar a los bordillos de la noche, doblar las esquinas heridas, sembrar vasos de palabras (aquellas palabras que se agotaban en los perfiles del alba). Le gustaba la música y andar descalza, fumarse mis cigarrillos y tener siempre cerca algún gato para acariciar. Besaba en silencio y con los ojos cerrados. Su mano quemaba. Acostumbrada a la orilla del mar, los charcos de la calle eran un paraíso a medias donde, pese a todo, se movía con desenvoltura; exiliada del Reino de Agua de sus antepasados. Sin proponérselo – no era ese su estilo- los árboles se entornaban tiernos a su paso.

princesas1
Hace años conocí una princesa cerca de la frontera de Bolivia con Argentina. Tenía cuatro hijos. Enamoraba al aire y a esos árboles perezosos que ardían el invierno austral y que los hermanos bolivianos llaman lapachos. Era dirigente y promotora de salud de su comunidad en Tariquía. Se había formado en Tarija, la capital de la región, y contaba que para acudir a las clases viajaba durante tres días a pie, monte a través, durmiendo en los caminos (sin dietas de funcionario claro). Contaba estos viajes con orgullo. Aseguraba que la formación era conocimiento y que ella quería transmitir el conocimiento a su comunidad y así el orgullo de su comunidad al tener más conocimiento era también su orgullo.
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