salud comunitaria

"if the major determinants of health are social, so must be the remedies" Michael Marmot


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Anima Mundi

De La ñoaranza de Artemio Rulán

Los fantasmas no existen. Araceli asiente. Los fantasmas no existen y todo esto no son más que frutos del miedo y de la ausencia. De las pocas horas de sueño de los últimos meses. De la mesa vacía en su lateral izquierdo, despoblada de su cuchara y de su servilleta. De la mitad de la cama estéril, sin fronteras posibles y con la tibieza quebrada de este nuevo mundo de sombras.
Llevaban cuarenta años viviendo juntos, vagando juntos. Se habían hecho inseparables e imprescindibles. Para lo bueno y para lo malo. La rutina había perdido el nombre, y lo cotidiano -pese a lo minucioso de su instauración- era una sorpresa permanente que se había instalado en las esquinas de los pasillos y en la escalera que subía al segundo piso. Juntos, en silencio o con charla sosegada, compartían los años. Juntos conocían los parques y el barrio: a la hija que crecía y al tren que enfurecido desplomaba las tardes, a los vecinos y al perro nocturno, al amor en la casa antigua del pueblo, antes de venirse a la ciudad, a las letanías de mayo y al angelus dormido en las telarañas de una radio al mediodía.

Casi no habían viajado, pero se consideraban errantes. Alfredo erguido, con el rostro serio de circunstancias, y la palabra consciente. Se sabían, sin saberlo (porque así es como mejor se conocen las cosas) pequeños navegantes en una esfera loca. Y asumían y sentían el vértigo de viajar deprisa en el espacio infinito, con leyes gravitatorias que bien conocían de uso.

Araceli llora y afirma que los fantasmas no existen.

Alfredo había muerto de transparente disnea hace unos días. El corazón se había puesto tan grande de años y vida que fue imposible manejar tanto líquido y así, las lágrimas que tragaba en silencio pasaron cuenta anegándole los pulmones. Pero fueron tantos los minutos vividos codo a codo, que pese a las circunstancias, la sinceridad de su muerte no podía dejar de ser coherente con lo inmutable de su vida, y el espíritu o el cuerpo – igual da- alto, recio y amable se negaba a abandonar la casa y seguía empeñado en la cabecera de la mesa y en el sillón de la sala o en las cervezas de la nevera. Amable y bueno seguía tocando tímido el pelo de Araceli, como aquella primera noche,  apareciéndosele en los espejos, tomándola del hombro, besándola como buen amante en el cuello y susurrándole quedo al oído: “Los fantasmas no existen, Araceli. Los fantasmas no existen”


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Navaja de Ockham: empezar a dejar de hacer cosas (notas para mi residente)

Tuve que hacer un domicilio imprevisto. Pese a no formar parte actual de mi trabajo, por otras circunstancias, me tocó hacer un domicilio.
El barrio ha cambiado. Cuesta más aparcar. Han cerrado muchas tiendas. Los bares siguen llenos de exceso de mortalidad masculina. Y sus mitades, de no estar ahí, seguirán detrás de las ventanitas que empiezan a encenderse: en tareas conocidas y probables.
Las casas y las escaleras también se expresan. Sigue siendo necesario observar, escuchar las escaleras, las habitaciones.
Las preguntas al paciente empiezan preguntándole primero al barrio. Y auscultando las calles. Y revisando la historia clínica de los portales.
Subo caminando. Me gusta acariciar las paredes cuando subo. Un saludo sonriente desde algunas casas. Me abrazo sencillamente en el tercero. Con alegría, ambos, de sentirnos reconocidos.
El primer problema, por orden de aparición, no por orden de una importancia que no me atrevería a graduar, es el tiempo. Es necesario sacar la banqueta, sentarse y escuchar. Ver cómo se mueve la familia por la casa y cómo preguntan. Observar de reojo la pierna. Es el segundo problema. O lo que llamarían formativamente el motivo de consulta. Observo de reojo la mesa de la cocina (papeles, alguna estampa, las pastillas, objetos de costura), las tarteras al fuego. Tratar de adivinar de dónde viene el dolor más importante. El marido inquieto me hace una consulta en paralelo. Realmente es la consulta. La mujer me pregunta aprovechando las entradas y salidas del marido. No está bien. Pero de nuevo aquí va a ser difícil graduar quién se encuentra peor. Exploro la pierna. Pregunto lista de espera. Cuidados. Vida diaria. Expectativas. Resto de sillas de la familia. Nietos. Nos tenemos un perfecto cariño, una perfecta compasión mutua más allá de la consulta. El marido entra de nuevo a continuar con sus preguntas.
El diagnóstico clínico me lo hace ella perfectamente. Resuelvo. Aconsejo. Se me va la mano un poco aconsejando por el exceso de confianza.
Resuelvo hasta dónde puedo. Este es el tercer problema. El verdadero problema, aún siendo un problema verdadero, no está en la rodilla. La medicina. Familiar. Y comunitaria (me sorprendo que en Portugal en medio de una entusiasmante reforma no hayan contemplado la perspectiva comunitaria de la especialidad). La respuesta también me la da el paciente. Mirando también ella de reojo la casa, la mesa, las tarteras, a su marido, a la calle y al barrio.
El 99% del esfuerzo del gasto sanitario actual se hace en esa rodilla (entiéndeme con prudencia). Pero el problema no está sólo ahí.
Muchas de las consultas son procesos de acompañamiento (intensos, complejos, costosos personalmente para ambas partes) dentro de un sistema sanitario desorientado de lo que realmente son los factores determinantes de salud. Determinados sistemas de gestión, atención, evaluación, coordinación o formación pueden ser importantes, pero sólo cuando el sistema sanitario se oriente. La Atención Primaria no es Atención Primaria. Y el Centro de Salud no es el centro de la salud.
Hay que pensar sobre esto. Y no sólo tu y yo desde aquí, desvelados. Empezar a dejar de hacer cosas, para hacerlas mejor. O pensar cómo tendríamos que hacerlas si empezáramos a trabajar de nuevo. Muchos de los problemas no pueden solucionarse desde la consulta.  No es sólo cuestión de tiempo, aunque lo sea. Es que muchos de los problemas no pueden ni deben solucionarse desde la consulta. El verdadero locus de control está en otro sitio.
Illgresi hace un loop en mi reproductor. Noto perfectos los dedos. Es bellísimo observar cómo pueden guardar la memoria intacta de ciertas paredes y de ciertos cuerpos.


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Observar

En los cursos de salud comunitaria solemos hacer mucho hincapié en la importancia de “saber mirar”. Mirar a la calle.
Durante la formación contamos la historia de Manuel y María Teresa e insistimos en la importancia de escuchar a Teresa. Está sentada enfrente de nosotros. La miramos, la escuchamos. Preguntamos. Está en nuestra consulta, pero también es necesario mirar fuera, a través de ella. Mirar a todas las otras sillas que “conforman la historia de Teresa” y en ese momento no están en la consulta (lo familiar y lo comunitario).
Conocer el entorno es una parte importante del curso de comunitaria que impartimos. Lo demostraremos en algunos posts esta semana. Mirar la calle. Observar. Lo individual y lo colectivo.
William Carlos Williams, poeta y médico,  ya lo decía hace varios años en este poema:

Cuando era más joven
tenía bastante claro
que debía hacer algo con mi vida.
Ahora que soy más viejo
camino por los callejones
contemplando las casas
de los más pobres: tejados
desnivelados, flancos que los patios
han convertido en un caos
de rejilla de corral, ceniza
y muebles desvencijados;
vallas y porches construidos
con tablas de barril y con pedazos
de cajón, todo ello,
con un poco de suerte,
embadurnado de un verde azulado
que cuando está bien curtido
es el color que más
me gusta de todos.

Nadie
considerará esto
de suma importancia para el país.


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entradas y salidas

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En una guardia de residente volvía a la cama después de haber informado a una familia del fallecimiento de su madre y esposa. Había tenido la oportunidad de seguir el caso durante mi rotación por interna. Una mujer de mediana edad, una enfermedad demasiado precoz en alguien aún demasiado joven. Conocía a la familia y ellos -aunque observadores de la inexperiencia de aquel residente- creo que agradecieron de alguna forma que el médico de aquella noche fuera yo. Mi adjunta de interna y yo habíamos tenido un mimo exquisito aquellos días. Era un cierre duro, pero era un bien cierre.
Los pasillos de un hospital son terriblemente fríos y solitarios de madrugada. Pero siempre que vuelvo a ellos están llenos de emociones y de vida. Curiosamente de vida.

Hay lugares que uno recordará siempre y estos son unos de ellos: las puertas abriéndose y cerrándose, la mano acariciando la barandilla y la pared, la luz subiendo por las ventanas, el ruido al caminar…
Recuerdo perfectamente aquellas noches. El olor de las habitaciones. El olor de las manos al tocar los cuerpos. Las preguntas, las continuas preguntas colgando, del labio inferior colgando, eternas preguntas colgando. Las mismas que se hicieron los hombres y mujeres de todas las edades y de todos los tiempos. Asomarse a fumar mirando amanecer o anotar líneas en la libreta entre las pegatinas con nombres y apellidos y diagnósticos o propuestas. Las ganas de tomar un café con mis contemporáneos residentes para contarnos y reírnos contando de la vida o contarnos de la muerte.
Salía del pasillo después de informar a la familia con ganas de llorar. En esto uno demuestra que se va haciendo buen profesional nos decía un gran neumólogo, en las veces en que vuelves a casa llorando o con ganas de llorar. Las lágrimas son también formas de preguntar o de responderse. Salía con ganas de cama o de salir a romper y justo en el vestíbulo del ascensor otra familia se abrazaba llorando. De alegría ahora. Un pequeño en medio de todos. Algo mínimo, tierno, tapadito en sábanas blancas. Una mujer había acabado de parir y miraba emocionada aquel trozo de su carne entre las risas y abrazos de los suyos.
Entradas y salidas.
El tiempo entre la entrada y la salida es impredecible. Decenios, años, casi un siglo o tan sólo minutos. Un misterio. Terrible pero inmensamente hermoso también. Lo importante supongo que sea brillar ese instante, dure lo que dure. Gorriones claros o luciérnagas transparentes o flores perfectas. Pero brillar  y apurar cada décima, con intensidad, con la piel encendida.
Martín entra ahora y Marifé sale. Creo que era Lhasa quien en un concierto contaba una historia que su abuelo le decía cuando era pequeñita: el niño que tranquilo en el vientre de su madre y no habiendo conocido nada más que aquello, en el momento del parto y tornarse todo tan agitado, ruido, luces, movimientos bruscos, dolor, piensa que se va a morir pero realmente está naciendo. Lo que era final no era más que principio. El abuelo comentaba que cuando se marchara quizás lo que pensábamos que era acabar no era más que empezar. El niño se equivocaba y quizás él también se equivocaría pensando que aquello era el final. Quizás todo sea un tema de palabras y de lo que creemos conocer. Que todo sea contar bien historias o creernoslas. No lo sabremos nunca.
Quizás Martín esté entrando y Marifé saliendo. O viceversa. Y no tenga mucho sentido hablar de muerte o de vida.
Sea como sea, lo que nos ha tocado y nos tocará que sea con plena intensidad y emoción. Bienvenidos ambos.


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Dignidad, VIH-SIDA y AVASI 2009

Programa AVASI 2009

Hay una historia muy, muy sencilla, algo ingenua, pero con un gran valor emotivo y que me gusta mucho contar porque me produjo una hermosa sensación de misterio, de rozar la teoría de las casualidades  y de poder ser una más de las historias del cuaderno rojo de Paul Auster.
Cuando llegué a la Consejería de Salud en el año 2000 empecé a trabajar en el Programa de VIH-SIDA. Al año siguiente empezamos a desarrollar un plan estratégico que llamamos PAVSA y que consiste en muchas cosas que no viene a cuento describir ahora, pero qué basicamente a mí me gusta describir como un gran paraguas donde acoger todas las iniciativas de prevención y atención que se estaban (y están) desarrollando en nuestra comunidad autónoma. Sumar, recoger, potenciar, colaborar, multiplicar, participar, creer. Conjugar verbos imprescindibles.
El PAVSA tiene grandes fortalezas y también ha tenido grandes debilidades. No es el momento de analizarlas ahora.
Una de las tareas como responsable del programa fue contactar con las principales organizaciones que trabajan en este ámbito en Asturias: XEGA, Comité Ciudadano Anti-SIDA,Consejo de la Juventud, Fundación Siloé… A muchas de las personas que más saben de VIH-SIDA en Asturias (Marilis, Belén, Alvaro…) ya había tenido la suerte de conocerlas en mi formación como residente de familia.  Otras vendrían después con el tiempo…La gran mayoría de las personas que trabajan en esas asociaciones han vivido la epidemia desde los primeros años. Han vivido, ayudado a vivir y ayudado a morir a muchas personas afectadas por el VIH-SIDA.
Yo soy una persona afectada por el VIH desde 1996.
Bueno, empieza ahora mi pequeña anécdota. Creo que en el año 2005 o en el 2006 el Comité AntiSIDA organizaba una exposición con fotos históricas del movimiento activista en Asturias. Unas fotos grandes en blanco y negro de salidas a la calle, reivindicaciones, mesas, foros, debates…Yo estaba en el local del Comité. Teníamos una reunión de evaluación de las actividades y de planteamiento de objetivos de trabajo para el año siguiente. Antes de empezar la reunión ojeaba las fotos que estaban preparadas para la muestra. En una de ellas había un montón de gente viendo una exposición en una sala. La foto debía de ser del 90 o del 91. Las personas dentro de la foto miraban carteles y pósters sobre la epidemia. Una de las personas en la foto que se paseaba despistado por la exposición, era un muchacho delgado, creo que no llevaba barba y usaba unas gafas de miope profuso.: una camiseta gigante y unas pintas infames. El guaje aquel era yo. Sonreí. Yo era el que miraba aquel chaval en la foto de hace 15 años, en un lugar en el que no recordaba haber estado, en un acto organizado por el Comité AntiSIDA al que había vuelto quince años más tarde en una situación algo diferente (Sumar, recoger, potenciar, colaborar, multiplicar, participar, creer. Conjugar verbos imprescindibles).
Soy una persona afectada por el VIH desde el año 96, el año en que se murió J. en una planta del hospital de Cabueñes, pero quizás ya lo era en el 90 viendo aquellas fotos.
Claro, sigue habiendo diferentes formas de estar afectada o afectado por el VIH.  Tener el virus es todavía aún el primer peldaño del estigma. Pero el estigma es acumulativo si además de ser seropositivo eres pobre, mujer, perteneces a un colectivo excluido,  tu orientación sexual no cuadra con ciertas ideologías medievales, has estado o estás en prisión, vienes de un país extraño, has consumido o consumes o si tienes un estigma facial que no hemos sido capaces -todavía, todavía- de solucionar. Porque es preciso no olvidar que hay algunas variables que son transversales a la hora de la discriminación, tengas el virus que tengas.

El AVASI organizado por el Comité Ciudadano AntiSIDA es uno de los espacios imprescindibles en el activismo y la lucha contra el VIH-SIDA. en Asturias. Este mensaje es una invitación a la participación en el ciclo de conferencias que se desarrollarán en Gijón los días 24 y 25 de abril. También lo es, y ellas me leen bien entre líneas, un mensaje de disculpa por no haber estado a la altura de lo que las personas afectadas nos merecemos.

Programa AVASI 2009


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Notas para mis residentes (y III)

Remember when the scenary started to fading
I held you till you learned to walk on air

Leonard Cohen

La dulce noche primaveral
Contemplando cerezos en flor
Ha llegado a su fin

Basho


Los muertos circundan a los vivos.
Los vivos son el núcleo de los muertos.
En este núcleo se encuentran las dimensiones del tiempo y el espacio.
Lo que rodea al núcleo es infinitud.

John Berger. Con la esperanza entre los dientes

Don´t panic- Coldplay


En julio iniciaba las primeras notas que, pienso, utilizaréis y sentiréis razonables. El ánimo, como en las anteriores, no es docente, simplemente trataba de  ordenar palabras y hacer un andamiaje de sensaciones, cierto ánimo en el crecer y  en el convencimiento de que tras muchas rotaciones , haber compartido cursos y paseos gijoneses, consideramos algo inmutable, paradójicamente inmutable: la belleza de lo efímero. Tan, tan efímero que hasta hoy no ha aparecido publicado en ninguno de los manuales al uso. El acontecimiento inicial de las notas, sabéis, es que el gorrioncito ese de las fotos de arriba, pertrechado en su abrigo, niña-con-puente-sobre-río, soñadora y vigilante de su hermano,  nos dejó de volar por estas tierras para iniciar vuelos en cielos mayores. La belleza de lo efímero, decía. Fin de año y , porque sé que os han gustado, fin también de notas:


“Todavía no ha cerrado correctamente la herida en la interfalangica distal de mi segundo dedo en mano derecha.
No rompían bien las ampollas de midazolam. No tuve problemas con el haloperidol, la buscapina o el primperan o la morfina, pero las de midazolam se me resistían. Al abrir la segunda me corté el dedo.
David me hizo un vendaje rápido. Una herida totalmente leve, pero de la que manaba un hilo suave, continuo, que empañaba la gasa y que no dejó de empaparla durante dos días. Como en aquel cuento de los muñones de alas -vestigios de aire- de aquel hombre que volvía del exilio. Quizás el dedo se abrió más fácilmente al tener desgastada la piel de tanto acariciar esa semana de julio. Acariciando tan cerca y acariciando tan lejos.
Nunca tuve una buena encarnadura. Determinados períodos de mi vida, algunos sucesos, triviales la mayoría, los recuerdo por pequeñas cicatrices que tardaban en cerrar más de lo habitual. Es fácil de todas formas contemplar el paso del tiempo, observar ciertos signos, en heridas físicas. Se vuelve mucho más complicada la observación de lesiones en otras geografías no físicas: síntomas más sutiles, de más difícil interpretación.

Antes de entrar en la habitación, con Andrés, le explicaba la importancia de los domicilios, la entrada en las casas, sentarse, mirar, escuchar, compadecerse.  Sentir. La emoción y el conocimiento en las manos. Le miré. Sin ánimo de nada , sin afán, simplemente porque tenía que ser dicho y porque hay cosas que no debemos callarnos, le expliqué: “Mira, te va a parecer extraño que te cuente ésto con nuestro gorrión aquí medio dormido. Quizás también es por mi falta de sueño de estos días, pero todo lo que vas a oír a partir de ahora no se te va a olvidar nunca. No lo leerás en ningún sitio y no lo sentirás tanto como lo vas a sentir hoy. Quizás cuando te enseñe la palomilla o cómo es necesario poner la medicación o poner la mano en la frente y susurrar bajito al oído cosas no publicadas en el lancet, te emociones y llores. No te preocupes. Eso forma parte del aprendizaje. Así aprenderás mucho mejor. En esta profesión es bueno reirse y también saber llorar. El acompañamiento final. Iniciar un proceso de despedida del cuerpo, de nuestro gorrión, ayudarla a despedirse, sin dolor, tranquila, despedirse de su barrio, de los suyos, de nosotros…”.

(En el cierre de algunas heridas, en las físicas, pero sobre todo en  brechas de otras geografías más imperfectas, podrás comprobar el significado de ciertas palabras. El significado lo comprenderéis por vosotros mismos. Lo tendréis que comprender por vosotros mismos. Sigue siendo todo cuestión de gramática: ser sujetos y no objetos, escribir uno mismo las oraciones,  marcar interrogantes, poner el acento en el hombre…).

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Humo y plagios

Recuerdo tres historias de humo y tabaco, de factores de riesgo y determinantes de salud y blablabla, de esas perfectas historias que no aparecen en los libros de texto ni se publicarán en ningún sitio.
La primera era la de un hombre que venía de vivir años en un chupano. Rodaba ahora en un albergue municipal. Encendía su cigarro con devoción y después de la cena, en el patio, hablaba con él. Todas las noches le contaba sus afanes del hoy y sus tareas para el mañana. Afirmaba, sin victimismos ni prosas, que se sentía contento de poder fumar. De encender y apagar cigarros que le hicieran compañia.
La segunda era de otro que sólo fumaba por las noches y que sólo era capaz de irse a dormir cuando sentía los pulmones bien llenos de humo y la cabeza bien llena de nada.
El tercero había empezado a fumar cuando perdió unos labios que besar y recurrió poéticamente al tabaco como norma y costumbre. Para poder tener algo que echarse a la boca, triste la boca pero llena la boca.
Sonrio pensando que seguimos siendo buenos plagiadores en la vida y en la literatura.


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Compasión [notas 1]

Anoche volvimos a subir a Cabueñes. El coche conocía el camino perfectamente después de haber estado todo el mes de Junio subiendo y bajando, subiendo y bajando. La cuesta de la Universidad, la tarde encendida, el olor a la entrada del hospital. El silencio de los pasillos a medianoche. El ruido familiar de los ascensores. Cada ventana encendida y todas las historias que habrá detrás de cada una. En cada cama. Esperar de nuevo en la puerta. El barullo en Urgencias. Los compañeros de blanco, el recuerdo de aquellos años allí. Cuando eramos reyes. La sensación de poder volver de nuevo a tocar, acariciar, tranquilizar. El miedo de alguien que no sabe qué le esta pasando. Que no quiere seguir ahí. Hablar despacito, al oido. Decir palabras que hasta a uno mismo le tranquiliza oirse decir. Acariciar. La posibilidad del tacto. Pensar que hace nada la persona que ahora casi no conoces, ahí tumbada, te daba la mano para cruzar en verde y te señalaba el mundo y te daba las palabras que ahora manejas para ella. Este era el trueque -pensaba- un día me diste las palabras, ahora mi vocación consiste en devolvértelas así, para que no llores. “Tranquila, tranquila. No tengas miedo. Estamos aquí”. Hace cuatro meses, exactamente cuatro meses, escuchábamos a Ben Harper bajando de Cabueñes y grabábamos el impecable cielo asturiano

[va despacito. dejar que cargue]


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Compasión[notas]

“sientes calor y frío al mismo tiempo y esa es la señal más clara de que te sientes solo o estás enfermo”
Roberto Bolaño. 2666

“¿has tenido miedo alguna vez?¿te has sentido solo?¿te has hecho preguntas sabiendo de antemano que nadie va a poder contestarlas?”
W.F.Bryce

Me decía mirando desde la otra orilla de la mesa “Llevo siete días sin poder salir de casa. Cuando me enteré no supe qué hacer. No supe qué pensar cuando me dieron la noticia”. Estar perdido. No encontrar respuestas. Tener miedo. Estar bloqueado sin poder salir de una cama. Soy positivo. Soy vulnerable. Pensar que el vértigo no va a poder parar. Ya nada será igual. Que el piso se mueve. Cierras los ojos, pero sigues oyendo. Que no hay piso. Quieres correr en dirección contraria. Pero no aciertas ni a correr. No sirven las palabras, ni los consejos, ni los abrazos. No te llegan las palabras. No entiendes. Todavía no. Ahora es difícil que algo sirva “Mira, no lo tomes a mal. El del otro lado de la mesa no va a tener nunca ni puta idea a que te estás refiriendo por mucho libro que se haya leido. No te lo tomes a mal pero ¿has tenido miedo?¿te has sentido solo alguna vez?”. Entender por primera vez en tu vida lo que es sentirte débil, tener miedo. No tener a nadie aunque tengas muchos detrás.
Quizás no salgas. Quizás cierres los ojos y sigas oyendo. Pero si sales, porque al final sales, al final saliste, al final eres, soy, yo también soy, positivo. Al final descubres lo que nadie nunca te va a poder enseñar de otra forma. Entonces, una mañana te levantas y miras por las rendijas la luz y lo descubres por ti mismo, que ya vale, que salimos, que ya está, que todo se acabó y que todo va a empezar de nuevo: que eres invulnerable.

Invulnerable es un formidable cortometraje
de Alvaro Pastor sobre el VIH y la compasión


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Notas para mi residente (II)

Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver…Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos…

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

Lo que más agradecimos estos días fue que además de preguntarnos cómo está ella nos hicieran esta pregunta sencilla: “¿y vosotros como os encontráis?”. La siguiente pregunta que agradecimos enormemente era: “¿necesitáis alguna cosa?¿podemos ayudaros en algo?”.

Es importante saber entrar en las casas. Mirar intensamente la calle, el barrio, el ascensor, las escaleras, los sonidos y los olores en las escaleras. Esa puerta entreabierta y la persona que expectante está esperando. El tiempo, el tiempo. Presentarte si no te conocen, esa mirada de nobleza, alargar la mano con nobleza, saludar a las familias. Expresar compasión por esa mujer tumbada en la cama y expresar compasión (kunderiana, ya sabes) a la familia, ese montón de gorriones desorientados que entran y salen de las habitaciones, vecinos, hijos, llorando, dudando, preguntándose cómo ha ocurrido eso. Es muy importante también mostrar compasión por los objetos de la casa: esas tazas en la mesita, las medicaciones, el calendario, las fotos de los hijos y de los nietos, esos objetos cotidianos y emocionantes. Es muy importante conocer el salón, la cocina, saber dónde es mejor que se exprese el dolor y que te expresen el dolor, sentarte, escuchar, mirar, mover adecuadamente las manos, hablar con calma, abrazar si es preciso. Sentir una profunda compasión por esa toalla inmaculada que han preparado para que te laves las manos después de acariciar terapéuticamente los cuerpos.

El estilo terapeutico es un profundo y bello entramado de moverse por los cuerpos y los síntomas y por ese terreno quebradizo que trasciende los órganos y que podríamos llamar de millones de formas.

El estilo terapéutico es combinar saludo, expresión clínica, diagnósticos diferenciales, fisiopatologías, palabras, manos, dudas, tratamientos, apoyo, gestos, conocimiento científico de primera calidad, manejar dosis, combinar tratamientos y emociones, respuestas, preguntas, pañuelos y exploración, escribir detenidamente las instrucciones, explicar, sentarte en un rincón de esa casa a escribir.

Toca, acaricia. La posibilidad de realizar como profesional una exploración va más allá de escuchar esos sonidos internos y la belleza que se va transformando en los cuerpos y las posibilidades diagnósticas y terapeuticas, la oportunidad de dejar los dedos en el brazo de la mujer que agoniza mientras auscultas, mimarla con tus dedos, pasar la mano por su cara, inclinarte para decirle algo al oido, delimitar la perfección de ciertas vísceras, la provisionalidad de otras.

Despidete. Despidete mirando con calma a esos gorriones perdidos y a los objetos de la casa. Sonríe. Cualquier cosa que necesiteis no dudeis en comentarla conmigo. Sonríe y afirma: “la estáis cuidando muy bien, aunque ya no lo pueda expresar con palabras ella esta muy orgullosa de lo bien que la estáis cuidando”.


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Compasión

“…Este es el motivo por el cual la palabra “compasión” o “piedad” produce desconfianza; parece que se refiere a un sentimiento malo, secundario, que no tiene mucho en común con el amor. Querer a alguien por compasión significa no quererlo de verdad….”
(refiriéndose a las etimologías latinas de la palabra – compasión-)

“En los idiomas que no forman la palabra compasión a partir de la raíz del “padecimiento” (passio) sino del sustantivo sentimiento, estas palabras se utilizan aproximadamente en el mismo sentido, sin embargo es imposible afirmar que se refieran a un sentimiento secundario, malo. El secreto poder de su etimología ilumina la palabra con otra luz y le da un significado más amplio: tener compasión significa saber vivir con otro su desgracia, pero también sentir con él cualquier otro sentimiento: alegría, angustia, felicidad, dolor. Esta compasión (en el sentido de wspólczucie, Mitgefühl, madkänsla) significa también la máxima capacidad de imaginación sensible, el arte de la telepatía sensible; es en la jerarquía de los sentimientos el sentimiento más elevado”.

La insoportable levedad del ser. Milan Kundera.

Descubrí la entrevista motivacional cuando trabajaba en drogodependencias, en un artículo de revisión del JAMA -tendría que buscarlo- en el que me alegró ver que además de todas las intervenciones farmacológicas se apuntaban otras intervenciones no farmacológicas con el mismo nivel de importancia. Allí se citaba a Miller y Rollnick y a determinadas intervenciones breves, complementarias, que de alguna forma me afianzaban y ensanchaban esa intuición que venía desarrollando desde hace mucho tiempo, esa necesidad de ir uniendo piezas diferentes, de no excluir casi nada y de alejarnos de visiones reduccionistas.

El libro me enganchó profundamente ya que sistematizaba y enmarcaba muchas intervenciones que utilizaba en consulta de forma no sistematizada y de forma muy intuitiva. Algunas estrategias de la Entrevista Motivacional tuvieron su utilidad dentro de un proceso terapeutico de desintoxicaciones ambulatorias y tuvo y tienen su utilidad posterior como estrategia complementaria en otros terrenos muy variopintos (consulta de atención primaria, reuniones de multiple calado, priorización de actividades, generación de consensos, trabajo en grupos o convencer a Enrique Gavilán a participar en una de reunión comunitaria a la que no iba a poder venir en principio ;) .

Para un seminario que dimos hace mucho tiempo, reelaboramos el acrónimo F.R.A.M.E.S de Miller (feedback, responsability, advice, menu, empathy y self-efficacy) por el acrónimo A.C.R.E.C.E.N.T.A.R ( ayuda activa, confianza, responsabilidad, emoción o mariposas en el estómago, compasión kunderiana, exploración, narración, tratamientos, aconsejar y rol).

Cada una de las palabras del acrónimo tienen su historia y su miga (algo más detallada en las diapos a continuación). De todas formas hoy nos quedamos con la Compasión. Esta noche, dos de junio del 2008, nos enamoramos profundamente de la Compasión. Esa tan hermosa que expresada o recibida supone una de las más grandes emociones para poder seguir trabajando en temas de salud.

Hablaremos de algo de esto en unas horas a nuestros recien llegados R1 de Medicina Familiar y Comunitaria…

Por cierto, hay un interesante y reciente artículo sobre la efectividad de la Entrevista Motivacional en:

Solange Rivera Mercado, M. Francisca Villouta Cassinelli, Andrés Ilabaca Grez Atención primaria: Publicación oficial de la Sociedad Española de Familia y Comunitaria, Vol. 40, Nº. 5, 2008 , pags. 257-261

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