salud comunitaria

"if the major determinants of health are social, so must be the remedies" Michael Marmot


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Ahora

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José Angel Valente. La memoria y los signos (1969-1965)

.

Es ahora la hora
de sacudir la raíz y volverla hacia el cielo,
la hora de deslizar bajo la puerta
honorable del hombre
sin baldón y sin tacha un grito débil,
bajo la del cobarde una ocasión de muerte,
bajo la del avaro una súbita
apetencia de vida,
bajo la del cínico
un pensamiento compartido,
bajo la del creyente
la verdad que repite sin saberlo,
bajo la del necio amparado en sus dogmas
un globo de color del cielo libre,
bajo la del triste un niño,
bajo la del niño toda
la luz del mundo y bajo
la gran puerta del mundo
la palabra que haga
saltar los duros goznes,
de paso a la riada,
forzar la sombra
en su estallido: el tuyo,
libertad


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149 háčeks

Men on wire. Un experimento en imagen y texto. Desde los barrios de alambre.

Fotografía: Mario Menéndez
Texto: Rafa Cofiño

image

 

Se apagan
las certezas meridianas
y se vencen los dedos
borrando nubes.
Un flaco perfil
ceniza sin viento
que besa
caballo harto sin instrucción.

Ave por latido
y día de ausencia.
El último engaño
del último día de invierno.
Parece, pero no son alas.
Son los acentos de olvido
que rinde tu corazón.


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Resistencia 2006-2013

Tú miras todo desde una perspectiva única, desde un lugar privilegiado. No es una atalaya ni mejor ni peor que las otras, pero es la tuya. Y el paso de las lluvias, esa sincrónica mordaza de las estaciones, acabará consiguiendo una especie de vínculo amable, zorro y principito, entre tu atalaya y las condiciones que desarrollas desde ahí.
Las tareas son varias y se van ejercitando de diversas formas con el tiempo. De perder horas de sueño, de habilitar tu futuro, los nombres, los escenarios que consideras alrededor, a jugar doblando las noches y concibiendo formas imposibles. Enamorarse y desenamorarse, habitar verbos, poblar ciudades y enumerar estados de ánimo. Puedes viajar, tomar café o encender cigarros, ser tierno con los tiernos y conquistar cínifes los días pares, ser incapaz de atarte los cordones o dudar en las vías del tren, puedes acabar suicidándote en el postpandrio para luego ufano resucitar al atardecer. Vas siendo un artífice, espía de tu propia respiración, un detective sin nómina, vago aprendiz de cazador de belleza. Te vas convirtiendo en un artista. Ni mejor ni peor. Pero un artista que durará veinte, treinta, ochenta años. O minutos. Sólo una mariposa amarilla. Aquí y ahora las comparaciones son fruslerías o simples faltas de respeto a la eternidad.
En esa perspectiva que tiene su tiempo y toma tu tiempo inviertes la luz de tu energía. Así meces la metáfora de lo que puede ser tu vida e incluso reconsideras desde esa perspectiva algo que podría llamarse sentido, tarea, designio, razón de ser. Una ventana de una fábrica desde donde construir algo parecido a un mundo mejor (Algunas expresiones ya están cansadas pero bien podría expresarse así, y así lo expreso ahora: un mundo mejor). Tratas de ensamblar piezas de un puzzle y de articular horas que van pasando, afanado en múltiples tareas desde esa perspectiva de tu atalaya. Con el tiempo descubres tareas inútiles, algunas plausibles, pocas imprescindibles. Vas aprehendiendo unos pocos nombres, algunos libros, poquitas calles, dos o tres recuerdos, la forma de caminar y de levantar la cabeza al cielo, te quedas con los dedos para acariciar a los gorriones y a los charcos, los ojos de otoño para besar a los niños, la miopía para conquistar la tierra bajo sus pies.
La atalaya es sabia. En otras ocasiones consideras que has sido sólo una rueda más del engranaje y que tu exilio es inevitable y que la historia no es nueva ni será la última y que incluso ahora mismo se está repitiendo. Y piensas que a veces se dicen cosas y otras veces se callan y que el mundo está lleno de gelipollas de pompa sin surtomas supinos, y que si nos seguimos callando anegarán la especie. Por eso a veces, aunque se está tan bien en la atalaya, y aunque uno puede dormir tranquilo y disfrutar del vino y apurar la mar y encender cigarros sin culpa, a veces merece la pena levantar el dedo y ponerse de pie y decir no, ahora no, este es nuestro tiempo.


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Habrá poesía

Mientras la Argentinita canta con voz de calandria acompañada al piano por Federico,
y caminan poco a poco las estrellas levantándose la mano al pelo al pasar por sobre el pozo.
Mientras Elisa tome un helado y yo sienta frío en la espalda
y continúe trayendo y llevando maletas, jabas, cestos, escapularios
y demás chirimías.
Mientras escribo a mi madre una de mis últimas cartas, ignoro si por la proximidad de mi muerte o el tiempo que le reste de vida.
Mientras Fernanda no se serene y vista de hermosura y luz del Caribe
y tú me esperes vestida de blanco con una cinta me atrevo a decir que malva,
mientras haya en el mundo primavera,
habrá caminos, y barricadas, y grandes nubes luminosas, y aquí termino.

Blas de Otero. Hojas de Madrid. 05.07.1968


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Certificado de últimas voluntades

Se cumplían seis meses y no había rellenado todos los papeles aún.
Piruetas administrativas: impresos, modelo 650, varias oficinas, llamadas de los abogados.
No hay nada que declarar.
No había nada que dejar, nada que repartir a estas alturas.
Eso explica muchas cosas:
las no-vacaciones, el mismo jersey, la comida, el abrigo, el bolso, el empeño en la facultad y en nuestros estudios.
Los trapos como salvas en la cocina, la maceta del 89, el azucarero desteñido o el calendario de la milagrosa no cumplen requisitos.
Ni ese olor que tenían las ventanas del cuarto cuando se abrían en junio anunciando el verano.
En los recopilatorios no sirven olores ni tactos.
La abogada me advirtió que quizás no era ni necesario hacer el certificado de últimas voluntades.
Cerré el periplo administrativo.
Fin de la gymkana.
Llegada a Itaca.
Fin de las vacaciones de Sísifo.
Con los papeles bajo el brazo entré en el primer bar.
Pedí un café.
Fumé un paquete revisando los papeles y borrando con cariño los mensajes del móvil,
textos de estos meses.
Escribí una línea en la mesa sin que me pillara la camarera:
“Aquí fuimos felices”.
La última imagen que borré de archivos fue una de Zoila con un cielo azul de Julio.
Tanta luz pese a la despedida.
Zoila, azul, luz.
Me sentí orgulloso de tanta belleza.
Recordé perfectamente la sonrisa que tenías y el tono de voz cuando me entregabas el regalo en reyes.
Tan perfectamente que pensé que no me impresionaría verte aparecer de repente,
protestando, diciendo
acabadeunavezypagaaversinosvamosyaacasaqueestoy
cansadaynosabesloquemeduelelarodilla.

Sonreías en Reyes (mandil, la cocina de carbón y la caja de galletas):
“y este es el regalo para mi hijo”.
Y dejabas resbalar la mano, el borde o el dorso sobre mi cara:
un vicio que te copié para acariciar el mundo.
Pagué.
Saludé con pereza a una conocida en la barra.
Salí a la calle.
Rompió a nevar.
Por unos segundos el mundo calló.

Canción para gorriones. Artemio Rulán.


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“No one will believe this of vast import to the nation”

William Carlos Williams.

When I was younger
it was plain to me
I must make something of myself.
Older now
I walk back streets
admiring the houses
of the very poor:
roof out of line with sides
the yards cluttered
with old chicken wire, ashes,
furniture gone wrong;
the fences and outhouses
built of barrel staves
and parts of boxes, all,
if I am fortunate,
smeared a bluish green
that properly weathered
pleases me best of all colors.

No one
will believe this
of vast import to the nation.

[Cuando era más joven
tenía bastante claro
que debía hacer algo con mi vida.
Ahora que soy más viejo
camino por los callejones
contemplando las casas
de los más pobres: tejados
desnivelados, flancos que los patios
han convertido en un caos
de rejilla de corral, ceniza
y muebles desvencijados;
vallas y porches construidos
con tablas de barril y con pedazos
de cajón, todo ello,
con un poco de suerte,
embadurnado de un verde azulado
que cuando está bien curtido
es el color que más
me gusta de todos.

Nadie
considerará esto
de suma importancia para el país]

****

They call me and I go.
It is a frozen road
past midnight, a dust
of snow caught
in the rigid wheeltracks.
The door opens.
I smile, enter and
shake off the cold.
Here is a great woman
on her side in the bed.
She is sick,
perhaps vomiting,
perhaps laboring
to give birth to
a tenth child. Joy! Joy!
Night is a room
darkened for lovers,
through the jalousies the sun
has sent one golden needle!
I pick the hair from her eyes
and watch her misery
with compassion.

[Me llaman y voy.
Es un camino helado
después de medianoche, una nevisca
atrapada
en los tiesos carriles.
Se abre la puerta.
Sonrío, entro y
me sacudo el frío.
Hay una mujer corpulenta
de costado en la cama.
Está enferma,
acaso vomitando,
acaso esforzándose
para dar a luz
su décimo hijo. ¡Alegría ! ¡ Alegría !
¡ La noche es un cuarto
oscurecido para amantes,
a través de las persianas el sol
ha enviado una aguja dorada !
le aparto el pelo de los ojos
y contemplo su sufrimiento
compadeciéndome]

William Carlos Williams. Antología bilingue. Alianza Editorial


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our eunuch dreams

Dylan Thomas. Poesía Completa.
Traducción Margarita Ardanaz
Colección Visor de Poesía

 

IV

Éste es el mundo: la falsa imagen de
Nuestras franjas de materia, guiñapos, cuando decidimos
Amar y ser renuentes;
Sueño que golpea los enterrados en sus sudarios
Y permite que su escoria sea honrada como lo vivo.
Éste es el mundo. Tened fe.

Porque seremos un grito, como el gallo
Reclamando a los muertos; nuestros golpes borrarán
La imagen de los cuencos
Y estaremos equipados para la vida,
Y los que quedan florecerán mientras amen,
Loor a nuestros corazones decididos.

IV

This is the world; the lying likeness of
Our strips of stuff that tatter as we move
Loving and being loth;
The dream that kicks the buried from their sack
And lets their trash be honoured as the quick.
This is the world. Have faith.

For we shall be a shouter like the cock,
Blowing the old dead back; our shots shall smack
The image from the plates;
And we shall be fit fellows for a life,
And who remains shall flower as they love,
Praise to our faring hearts.


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Poeta en tiempo de miseria

José Angel Valente

 

Hablaba de prisa.
Hablaba sin oír ni ver ni hablar.
Hablaba como el que huye,
emboscado de pronto entre falsos follajes
de simpatía e irrealidad.

Hablaba sin puntuación y sin silencios,
intercalando en cada pausa gestos de ensayada alegría
para evitar acaso la furtiva pregunta,
la solidaridad con su pasado,
su desnuda verdad.

Hablaba como queriendo borrar su vida ante un testigo
incómodo,
para lo cual se rodeaba de secundarios seres
que de sus desprecios alimentaban
una grosera vanidad.

Compraba así el silencio a duro precio,
la posición estable a duro precio,
el derecho a la vida a duro precio,
a duro precio el pan.

Metal noble tal vez que el martillo batiera
para causa más pura.
Poeta en tiempo de miseria, en tiempo de mentira
y de infidelidad.


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Antepasados

Antepasados. Juan Carlos Mestre. La Casa Roja.

 

Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,
al hambre le llamaron muralla del hambre,
a la pobreza le pusieron el nombre de todo lo que no es extraño a la pobreza.
Poco es lo que puede hacer un hombre con el pensamiento del hambre,
apenas dibujar un pez en el polvo de los caminos,
apenas atravesar el mar en una cruz de palo.

Mis antepasados cruzaron el mar sobre una cruz de palo,
pero no pidieron audiencia,
así que vagaron por los legajos
como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

Y llegaron a los arenales,
en los arenales la tierra es brillante como escamas de pez,
la vida en los arenales sólo tiene largos días de lluvia y luego largos días de viento.

Poco es lo que puede hacer un hombre que solo ha tenido en la vida estas cosas,
apenas quedarse dormido recostado en el pensamiento del hambre
mientras oye la conversación de los gorriones en el granero,
apenas sembrar leña de flor en la sábana de los huertos,
andar descalzo sobre la tierra brillante
y no enterrar en ella a sus hijos.

Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,
atravesaron el mar sobre una cruz de palo.
Entonces pusieron nombre al hambre para que el amo del hambre
se llamara dueño de la casa del hambre
y vagaron por los caminos
como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

Poco es lo que puede hacer un hombre con las migas de la piedad,
comer pan mojado los días de lluvia a los que luego seguirán largos días de viento
y hablar de la necesidad,
hablar de la necesidad como se habla en las aldeas
de todas las cosas pequeñas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo.


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Mnemonics

“Dame tu dirección y te llevaré Mnemonics, el último fármaco europeo que abre con toda facilidad los vasos cerebrales obstruidos por la nicotina y los malos recuerdos y en un instante devuelve a nuestra vida cotidiana el paraíso perdido. En cuanto comiences a echarte veinte gotas de ese líquido violeta , y no dos como escribe en el prospecto, en el té de la mañana, volverán muchos recuerdos que habías olvidado para siempre y que habías olvidado haber olvidado, como si los lápices de colores, los peines y las canicas violetas de tu infancia aparecieran de repente detrás de un viejo armario. Si me das tu dirección, recordarás el artículo en el que escribías que en la cara de todos nosotros se puede ver un mapa repleto de señales que nos indican los lugares a los que no podemos renunciar de la ciudad en que vivimos y recordarás por qué lo escribiste”

Orhan Pamuk. El libro negro


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39 palabras (V) Epílogo

39 palabras (I)
39 palabras (II)
39 palabras (III)
39 palabras (IV)

Siempre me ha obsesionado la descripción minuciosa del momento en que apareciste. Poder anotar toda esa semiología profusa, pasmosamente correlacionada con lo tanto escrito en cientos de textos y obras, inventario de signos y presagios desencadenados en el tiempo que estuviste cerca, pero sobre todo con el tiempo que estuviste lejos. Porque el síndrome que refiero, seguramente compartido por ambos, se debe más a tu ausencia que a tu presencia y , con certeza, de haber sido el espacio común más cotidiano – a esto siempre llegamos a un acuerdo – la sintomatología hubiera sido probablemente más larvada y autolimitada, quizás inexistente.

Me fascina detallar todo lo acaecido aquel día, cada uno de los gestos de tus manos sobre tus clavículas, tus muñecas, las cuentas del collar, realizar un listado de la ropa y de los objetos que llevabas, el pañuelo en el pelo, un mechón herido. Enumerar los factores contextuales, el escenario en que viste la luz, aunque era de noche, la metereología, la consistencia de las nubes, la temperatura del viento, las personas que había alrededor, cuántas entraron, cuántas salieron, el sonido de las calles o si había algo de música de fondo, el color del suelo, si había llovido o si los suburbios de Tepanahuori despedían un vaho triste, el sabor de la tierra, si las campanas habían sido displicentes al angelus, contar los perros en las columnas y el misterio de los zaguanes.

Me anoto también a mí. Cómo había dormido el día antes, la textura de los sueños, qué alimentos había ingerido los últimos días, si tenía fiebre, si el pulso era un poco más débil, si mis hábitos de paleocortex y reptil habían variado, la flaqueza objetiva de mi alma o la dureza subjetiva de mi sexo, si mi pelo había raleado o mis dedos mecían el aire en sentido contrario como suele ocurrirme en días rojos, la cadencia del aliento, si había tomado más de la cuenta o si el humo anotaba en los ventrículos, cuánto medía mi tristeza o cuánto ocupaba mi esperanza, si tenía réditos de belleza o algún poema anotado en los bolsillos. Si echaba algo de menos, cuánta era mi ñoaranza, cómo el tono de mis zapatos, por qué la debilidad mi fortaleza.

Me gusta analizar una a una las variables para tratar de explicar en qué momento ocurrió todo. Y creo que el momento clave fue cuando cruzaste la plaza, Florentina.
Y el gesto de bajar la barbilla y al cruzar desde la iglesia y en ese momento yo aspiraba el café de un vaso y el olor me llevó a una traza rota que traía el aire bajando del norte y en esa traza venía un recuerdo de la esquina de la cocina de cuando era niño y un azulejo hendido y humo en el envés del recuerdo y un gato claro cerca y al mirarte y el muro de Junio y llevabas la mano a la nuca y el pelo caía en la espalda y ahí el aire dejó y la pendiente de tu espalda y el café se vino a mi lengua y pensé en tu vientre transparente y en mi boca y fue como algo agarrado en el pecho para emerger, de libro, la patología conocida y descrita.

Creo que así fué.

Pero si el misterio de cómo apareciste y cómo ocurrió todo es inmenso, el misterio de cómo desapareciste fue más fascinante aún.
Aquí la descripción minuciosa se difumina. Pierdo variables. Sólo recuerdo. Una mañana El horizonte La frontera de la ciudad con el cielo eran azules, Pensé en la borrina que siempre señalaba mi padre cuando eramos críos El mundo era azul De un azul que parecía imaginado. Era Abril Hacia frío y me quedé mirando todo aquello con una desprovisión de ánimo. Pero algo así rozaba perfecto la Belleza
Cerré los ojos Décimas de segundo.

Cuando los abrí de nuevo
ya no quedaba ni un resto de vos.

Pero tampoco quedaba nada de mi

Desde entonces
lo mejor para saber
qué fue de aquel
es interrogar
dentro de ti.


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2011

Con todo ha sido un gran año. Seguro que tu también has tenido que ver para que sea así de grande. Y también tendrás mucho que decir para que el 2012 pueda ser mejor aún.
Las imágenes son de algunos de los lugares de este 2011. Un photovoice sentimental no representativo. La musica es el Vagabond de Beirut.
Muchas gracias por todo


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un día decidí dejar de escribirte y sin mis letras desapareciste. lo más probable es que nunca hayamos existido.

Del libro “La ñoaranza de Artemio Rulán”
Contemporáneos (audio) revisited. Play it loud.

por la mañana leíamos libros en el paseo del muelle,
veíamos subir el sol contra los barcos y lanzábamos migas a los pájaros en los parques,
luego nos alimentábamos nosotros y yo te daba de comer en la boca,
el hilo de saliva era una especie de pértiga que nos dejaba volar
todo el mediodía y buena parte de la tarde
sobre la ciudad.
al pisar de nuevo la tierra hacíamos el amor y jugábamos con los rinocerontes blancos de las gasolineras:
los oscuros pasajes de los servicios eran tu reino, especial el tinte opaco en tus antebrazos. un par de niños nos dibujaban con azules en sus libretas y ganábamos un premio a la pareja más entrañable del año.
a la hora de dormir tú llorabas y reías sobre la cama y los verbos empezaban a ponerse condicionales, pero yo me tenía que marchar, me tocaba el turno de noche, aunque todo era una excusa para dormir en el portal y velarte el sueño, y también para dormir en otros agujeros o en otras camas donde siempre me sentía más cerca de ti.
de madrugada despertabas, recolectabas flores y plumas y veía como tus dedos se alargaban tratando de frenar en vano el mundo que giraba tan rápido.
por la mañana tenías una carta en tu almohada, una letra por cada uno de tus cabellos, sólo tenías que mover la cabeza y derramar en tu cuerpo el más perfecto poema de amor que nadie nunca te hizo. así todo, los versos ya sonaban a despedidas.
con estos sueños pasamos varios años.
un día decidí dejar de escribirte y sin mis letras desapareciste.
lo más probable es que nunca hayamos existido.


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Iográfica: persiana

Del libro: (Gorriones)e (identidades) de Artemio Rulán

 

Some mornings are like a déjá vu,
like a glitch in the Matrix. ‘it happens when they change something’

A la hora de la siesta,
los cachorros mueven despacio
sus cuerpos contra el padre.
La persiana dibuja con sus renglones de madera
un alfabeto de luz.
El más pequeño de los lobos
se estira perezoso contra la cama,
muerde el hombro de su progenitor
y acaricia asombrado
las letras que el sol deja en las sábanas.

Escribe sin saberlo, solar,
sus primeras palabras.
La escritura es efímera,
segundos,
pero imprescindible y bien distinta para ambos:
el padre cuenta lo que resta;
el hijo empieza a sumar.

 

 

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Dolor en Tepanahuori

Del libro: (Gorriones)e (identidades) de Artemio Rulán

“Resolver primero, y finalmente sólo describir el dolor, se convirtió en las estancias de Tepanahuori en un asunto, circunstancialmente obsesivo. Observar los mecanismos de la gente para afrontar determinadas circunstancias, supuso un descubrimiento que guardo entre los más intensos de aquellos mis años allá.
Ante la muerte, durante el duelo, los cuerpos de los familiares reaccionaban de forma absurda, moviéndose en diagonal por los espacios, desarticulados, haciendo muecas y gestos inciertos. Siempre parecían histriónicas aquellas representaciones que en determinadas culturas se hacen parafraseando ciertos ritos vitales, pero cuando el hecho descrito sucede, aumentan las muecas, la forma de mesarse los cabellos, de abrazarse, de llorar sin pudor o de proferir palabras sin sentido que se van disponiendo en el escenario de las manos al girar o blasfemar contra el aire.

Todo podría parecer una verdadera pantomima, pero el tronco se retorcía, se hincaban las rodillas o se llenaba el pelo de ceniza. En ocasiones algún viejo me sorprendió con su forma de encadenar palabras incomprensibles. Mi conocimiento de la lengua de Tepanahuori no era alto, pero el suficiente para adivinar que las palabras venían a los labios con la misma incoherencia que los cuerpos se arrojaban, rompientes acantilados, unos contra otros. La expresión del dolor.

Mi calidad en aquellas escenas era de simple observador. En alguna ocasión me tocó algo más de cerca. El cadáver que una noche despedíamos había estado varias tardes a mi lado. Aún se prendía su olor con la simple evocación de noches cerca del mar. En aquellas veladas la muerte no había sido todavía capaz de narrar aquella piel, joven aún, o de borrar ciertos adjetivos. Habiendo dormido junta a la mía y vuelta del revés por efecto de lenguas y dedos, era dificil mentar donde fue piel de uno o donde era piel de otra.
No obstante, siendo en este caso o siendo aquellos mayoría en que el fallecido me fuera ajeno, en todos, siempre afloró un ánimo que nunca antes había reconocido. Una confusión incierta entre el vértigo y el misterio. Una opresión retroesternal, pálida, que podía hacerme soltar lágrimas mas no se bien si por el mecanismo contagioso del dolor, por una especie de gestación melancólica que sacudía mi sentir o por algo más sencillo y transparente, sustancia que debe componer nuestros propios huesos, y que a mi me gustaba denominar compasión”


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Anima Mundi

De La ñoaranza de Artemio Rulán

Los fantasmas no existen. Araceli asiente. Los fantasmas no existen y todo esto no son más que frutos del miedo y de la ausencia. De las pocas horas de sueño de los últimos meses. De la mesa vacía en su lateral izquierdo, despoblada de su cuchara y de su servilleta. De la mitad de la cama estéril, sin fronteras posibles y con la tibieza quebrada de este nuevo mundo de sombras.
Llevaban cuarenta años viviendo juntos, vagando juntos. Se habían hecho inseparables e imprescindibles. Para lo bueno y para lo malo. La rutina había perdido el nombre, y lo cotidiano -pese a lo minucioso de su instauración- era una sorpresa permanente que se había instalado en las esquinas de los pasillos y en la escalera que subía al segundo piso. Juntos, en silencio o con charla sosegada, compartían los años. Juntos conocían los parques y el barrio: a la hija que crecía y al tren que enfurecido desplomaba las tardes, a los vecinos y al perro nocturno, al amor en la casa antigua del pueblo, antes de venirse a la ciudad, a las letanías de mayo y al angelus dormido en las telarañas de una radio al mediodía.

Casi no habían viajado, pero se consideraban errantes. Alfredo erguido, con el rostro serio de circunstancias, y la palabra consciente. Se sabían, sin saberlo (porque así es como mejor se conocen las cosas) pequeños navegantes en una esfera loca. Y asumían y sentían el vértigo de viajar deprisa en el espacio infinito, con leyes gravitatorias que bien conocían de uso.

Araceli llora y afirma que los fantasmas no existen.

Alfredo había muerto de transparente disnea hace unos días. El corazón se había puesto tan grande de años y vida que fue imposible manejar tanto líquido y así, las lágrimas que tragaba en silencio pasaron cuenta anegándole los pulmones. Pero fueron tantos los minutos vividos codo a codo, que pese a las circunstancias, la sinceridad de su muerte no podía dejar de ser coherente con lo inmutable de su vida, y el espíritu o el cuerpo – igual da- alto, recio y amable se negaba a abandonar la casa y seguía empeñado en la cabecera de la mesa y en el sillón de la sala o en las cervezas de la nevera. Amable y bueno seguía tocando tímido el pelo de Araceli, como aquella primera noche,  apareciéndosele en los espejos, tomándola del hombro, besándola como buen amante en el cuello y susurrándole quedo al oído: “Los fantasmas no existen, Araceli. Los fantasmas no existen”


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Risperi Donna

Texto de La ñoaranza de Artemio Rulán allá en el 2005 (evocando después de leer la soberbia historia de Atlas de Marta Carmona)

 

Me han salido los lirios más sucios que otras veces.

Razón de olvidar recetas,
perder las llaves
y soliviantarme por todos
los surtomas que rebosan el cuarto.

Puedo empeñarme en ir contando
los enebros del pasillo
o aspirar aquellos nardos
tan pequeños
que abandonaste en la colcha,
pero sólo me sugiero
pálpitos de estrépito
y ganas de quebrarme todos los huesos
saltando de cuclillas contra el diván.

No sirve que llene el cenicero de madreselvas
o que azote el paladar con candenias.
La casa se ha convertido en
un malestar ocre
de nereidas y huérfanos llamando
a sus padres

Pero si vuelves,
por favor,
si vuelves
y consigues que los lirios queden limpios
devuélveme el tabaco y las pastillas
y mete un dedo
en esta esquina del pecho
que me has dejado
(hijo de puta)
tan tarada.


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Columnitis

No es difícil escribir con mala baba. De hecho hay una barbaridad de lugares comunes y de escenarios tópicos donde se pueden encontrar temas más que suficientes para algarabía y jerigonza de los lectores. Pillarle luego el truco épico o profético es cuestión de maneras y de tiempo. Hay personajes y discursos arquetípicos y maniqueismos que bien adornados pueden hacer restallar y explotar párrafos y columnas. Tampoco es difícil escribir con buena baba. Es lo mismo que antes pero al revés. Son alteraciones consentidas de la realidad: una por exceso y la otra por defecto.

Hay diferentes técnicas de estilo para conseguir el efecto buena o de mala baba: recurrir a palabras que pegan directo en el sistema límbico, a la transmutación de los los grandes personajes de los Hermanos Grimm proyectándolos en seres actuales, la utilización de la prolepsis, pasar de la eutrapelia moderada a la acusación directa, utilizar el retruécano o la sermocinación, la ausencia de aporía, la prosopopeya o la metábasis, el academicismo, el púlpito o el esoterismo. Es cuestión de tiempo y de paciencia. Cualquiera puede ser un escritor con babero si se lo trabaja y pone ánimo y disposición en ello.

Ambas escrituras, la buena y la mala baba, suelen tener el mismo objetivo. El narrador o narradora sólo quiere hacerse así mismo una buena paja y contarla. Puede que no lo pretenda, puede que incluso no se haya hecho columnista para ello,  pero al final el narrador lo único que termina haciéndose es una triste y solitaria paja.

Pero escribir para cambiar el mundo. Ah, eso es otra cosa.


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Cotidiana (XI)

De la serie Cotidiana: Leído en Contemporáneos

 

 

Yo era tu cuchara y tu taza
tu eras el pan

Amaba el ruido de la cisterna
el silencio del patio
la ventana abierta y agosto
las piscinas
y los chopos
tu eras el pan

El fregadero
los interruptores
el pestillo
la puerta, las bisagras cárdenas
el cenicero
y la foto de la bisabuela
las fichas de dominó
y el tapete verde gastado
la copa con monedas
tu eras el pan

El suelo, la campana del pilar,
las estanterías con libros de caja rioja,
el periódico, el matamoscas
las fotos de tus nietos
las fotos de tus hijos
las fotos de tu mujer
tu eras el pan

Los rugidos haciendo de tigre
al levantarte de la siesta,
el pelo encrespado,
la radio piquiñina,
el orinal, la colonia y las gafas
el encendedor
los puros de la boda
el olor a estanco y a verano
la colcha, la ventana,
las casas levantandose,
jorge vigón,
el descansillo y los barrotes de la escalera,
el tragaluz redondo como
el ombligo de un dios asiático,
el pijama abotonado hacia el cuello
tu eras el pan

Yo era la corbata, el jersey de pico,
la trenza, el abrigo, tu boina,
los zapatos y el calzador,
la luz de tu mesilla
los despertadores
el cine
republica argentina,
carretera villamediana,
las peñas,
el espolón o el puente de hierro
el camino
de todos los caminos
esta humilde sensación de
quedar aquí mirándote
y haciéndote
rizos con el pelo abrillantado
y dejarte mirar
y sentir
y olerte la espalda
cuando me subías
a caballo
y yo no quería que
la escalera
o la vida
o lo que fuese
terminaran nunca

Tu eras mi pan

 

 


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What teachers make

En un texto sobre “Innovative approaches to turning statistics into knowledge“, del que hablaremos otro día, los autores citan que en “el proceso desde percibir los problemas hasta tomar decisiones [de la información a la acción] típicamente consiste en un número de pasos, o sub-procesos, los cuales están basados en información y conocimiento; una importante parte de esta información es información estadística, que a menudo procede de fuentes oficiales”.
Ciertamente es así. Aunque habría que añadir qué papel tiene la emoción en esa información,y en ese conocimiento, para arrancarse a tomar decisiones y realizar acciones.
Taylor Mali parece un tipo difícil de presentar. De esos que les gusta usar un CV peculiar. Neoyorquino, representante de un movimiento llamado Poetry Slam, que surge en los años 80 en Chicago y que gira en torno a eso que se llama Spoken Word (habrá estado en el Spoken Word de Gijón?). Taylor entre sus proyectos más importantes destaca la tarea de haber convencido a 795 personas de ser profesores después de haber escuchado su trabajo: “What teachers make”

Aquí el texto traducido al castellano por Guillermo Marini (un poco más abajo el original en inglés).

What Teachers Make, or
Objection Overruled, or
If things don’t work out, you can always go to law school

By Taylor Mali

He says the problem with teachers is, “What’s a kid going to learn
from someone who decided his best option in life was to become a teacher?”
He reminds the other dinner guests that it’s true what they say about
teachers:
Those who can, do; those who can’t, teach.

I decide to bite my tongue instead of his
and resist the temptation to remind the other dinner guests
that it’s also true what they say about lawyers.

Because we’re eating, after all, and this is polite company.

“I mean, you¹re a teacher, Taylor,” he says.
“Be honest. What do you make?”

And I wish he hadn’t done that
(asked me to be honest)
because, you see, I have a policy
about honesty and ass-kicking:
if you ask for it, I have to let you have it.

You want to know what I make?

I make kids work harder than they ever thought they could.
I can make a C+ feel like a Congressional medal of honor
and an A- feel like a slap in the face.
How dare you waste my time with anything less than your very best.

I make kids sit through 40 minutes of study hall
in absolute silence. No, you may not work in groups.
No, you may not ask a question.
Why won’t I let you get a drink of water?
Because you’re not thirsty, you’re bored, that’s why.

I make parents tremble in fear when I call home:
I hope I haven’t called at a bad time,
I just wanted to talk to you about something Billy said today.
Billy said, “Leave the kid alone. I still cry sometimes, don’t you?”
And it was the noblest act of courage I have ever seen.

I make parents see their children for who they are
and what they can be.

You want to know what I make?

I make kids wonder,
I make them question.
I make them criticize.
I make them apologize and mean it.
I make them write, write, write.
And then I make them read.
I make them spell definitely beautiful, definitely beautiful, definitely
beautiful
over and over and over again until they will never misspell
either one of those words again.
I make them show all their work in math.
And hide it on their final drafts in English.
I make them understand that if you got this (brains)
then you follow this (heart) and if someone ever tries to judge you
by what you make, you give them this (the finger).

Let me break it down for you, so you know what I say is true:
I make a goddamn difference! What about you?


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Aprender a caminar en el aire

Remenber when the scenery started fading
I held you till you learned to walk on air

Leonard Cohen


Carmen Luisa Fernández , una querida residente de Jarrio, (Asturias) doblemente querida además por ser residente de mi querida residente Belén F. Santamarina, está terminando su trabajo de investigación como R4.

Ha estado entrevistándose con más de 20 cuidadoras de pacientes oncológicos en el Area I de Asturias. Visitando domicilios, tomando cafés, conociendo cocinas y casas y preguntando sus necesidades y expectativas en esos meses finales.

Javi Padilla ya sabe que me manejo bien con dos o tres citas para explicar muchas cosas (incluso de libros nunca leídos o canciones nunca escuchadas).

La vida y la profesión podrían explicarse de varias maneras, pero quizás se resuman mucho mejor en algo como lo que dice Cohen. Movernos , sostenernos en manos misteriosas y cercanas que nos sostienen cuando ciertos escenarios desaparecen.

Marta Carmen Luisa ha aprendido muchas cosas estos cuatro años -muchísimas con Belén- y ha aprendido mucho en este año preguntando y escuchando. Pero sobre todo ha aprendido esto: la importancia de esas 40 manos sosteniendo cuerpos hasta que fueran capaces por su cuenta de aprender a caminar en el aire.


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Lo que dijo el comandante de la revolución que soñamos (al escuchar hablar a los más sabios hombres del enemigo)

Si todos los luchadores de clase midieran su fuerza
un extraño rocío bajaría sobre los pueblos
Abdelkebir Khatibi


“Quiero su cabeza”,
dijo el revolucionario que soñamos
al escuchar hablar a los más sabios hombres del enemigo,
“traedme su cabeza cuanto antes.
Conquistémosla con las marcas de la conciencia
que nos turba:
ese territorio fértil arderá en espuma y nos sabrá ayudar.
Quiero su cabeza
pensando para nosotros,
quiero su cabeza
inteligente en este lado de la guerra.
Sé que nos va a entender.
Traedme su cabeza cuanto antes”

Y mandó a primera línea de batalla
a sus mejores maestros.

Laura Casielles. Los idiomas comunes
Editorial Hiperión


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Todos los fuegos

Por Laura Casielles

“Hace algo más de un año, tratamos de hacer arder Oviedo con el II Encuentro de Poesía Joven La Ciudad en Llamas. Alba González Sanz, Héctor Gómez Navarro y la que os cuenta nos liamos la manta a la cabeza para sacar adelante un par de días en los que compartimos palabras y vivencias que aun nos acompañan con los poetas -permitidme nombrarlos a todos- Berta Piñán, Rafa Cofiño, Carmen Camacho, Daniel Rabanaque, Sara Herrera Peralta, Álex Chico, Rubén d’Areñes, Pablo Texón, David Eloy Rodríguez, José María Gómez Valero y Miguel Ángel García Argüez (además de Alfredo González y Daniel Mata en la música de las noches e Isa García Argüez, Celia Romero y Enrique Mengual en la parte músico-técnica del espectáculo “Todo se entiende solo a medias”).
Aun nos seguimos quitando el sombrero cuando pensamos en lo que nos regalaron todos y cada uno de ellos.
Para que el fuego no se apagara, hemos querido editar un libro que recopila el catálogo y las actas del festival. No ha sido del todo fácil, como testimonia la tardanza, pero al fin lo tenemos entre las manos.
Se llama “Todos los fuegos” y luce como veis arriba. En él podréis encontrar algunos textos de los autores que participaron en los recitales, las comunicaciones académicas con las que otros trataron de alumbrar un poco el camino, y, en resumen, buena parte de lo que guardamos como recuerdo de aquella aventura.
Es un libro que queremos regalaros, una edición no venal que constituye nuestra manera de daros las gracias a quienes nos habéis acompañado.
Así que, si os apetece, podéis ir pedir un ejemplar a la librería Ojanguren o la del Local Cambalache en Oviedo, a Paradiso o en La Buena Letra en Gijón, y muy pronto también a El Traidor en Madrid y a La Fuga en Sevilla. (Si estáis en otra ciudad pero queréis uno, sólo tenéis que dejarnos un mensaje y entre todos se nos ocurrirá cómo hacerlo).
Por otro lado, en los próximos días subiremos online el PDF completo del catálogo, para quien prefiera leerlo directamente online.
En cualquiera de los casos, ¡esperamos que lo disfrutéis!
Y que la ciudad vuelva, con él, a arder un poco”.


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Leer, leer, leer

Dónde está el niño que yo fui
sigue adentro de mí o se fue?

Libro de las Preguntas. Pablo Neruda e Isidro Ferrer. Editorial Media Vaca

 

Presentación de la Media Vaca: libros para niños


“La vaca es el animal más extraordinario que existe. Nos la comemos con patatas, hace bonito en el campo y es fuente de inspiración para artistas y poetas. Uno de los estómagos de la vaca se llama libro, y no debe extrañarnos, porque el libro es el segundo animal más extraordinario. Lo manchamos de salsa, hace bonito en las estanterías y a través de él nos llegan regularmente las ocurrencias de artistas y poetas.

La vaca es un rumiante: se traga el alimento para más tarde devolverlo a la boca y masticarlo con tranquilidad. Exactamente de esa forma se deberían leer los libros: volviendo a ellos en diferentes ocasiones y masticándolos a fondo para asegurarnos una digestión placentera.

Los niños aprenden con los libros, pero también con las piedras, las moscas, las hormigas y las arañas. Aprenden con todo. Aprenden jugando. Y no se cansan de aprender. Por eso es absurdo que existan libros aburridos y que se pierda el tiempo con ellos en lugar de dedicarlo a observar a los escarabajos peloteros. Algunos de los más aburridos están hechos por gente con mentalidad de sastre que cree que los libros para niños deben ser como los trajes para niños: varias tallas más pequeños. La mirada inocente del niño nada tiene que ver con los pantaloncitos. Si no se entiende todo, ¿qué más da? Pocos adultos pueden explicar por qué vuelan los aviones y sin embargo no tienen miedo a viajar en ellos.

A excepción de los que se hacen para idiotizar, cada libro contiene el fragmento de un plano del tesoro (o al menos así se decía antes). Sólo cuando reunamos todos los pedazos seremos capaces de descifrar ese secreto que parece tan bien guardado. A veces uno se toma su tiempo. No es raro empezar a leer a los 7 años y ver que a los 77 seguimos con el mismo libro entre las manos”.

http://www.mediavaca.com/


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Para que lo sepas

 

“Si sales, cómprame también a mi un pan”, le dijo.
Yo me quedo en casa para dar de comer a los pájaros, a mirar la
lluvia y las sillas.
Cuando vuelvas, te quito yo el impermeable. Me interesan
esas gotas detenidas. Y con dos dedos
tomaré un trozo de pan caliente, para pellizcar la mejilla del mundo. Porque, sabes,
el mundo es un olor a pan caliente, con el que tengo que hacer
series enteras de estatuas, sí, sí, con el olor ese, te digo.

 

Yannis Ritsos. Paréntesis. Testimonios I. Icaria Editorial

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