Compasión [notas 1]


Anoche volvimos a subir a Cabueñes. El coche conocía el camino perfectamente después de haber estado todo el mes de Junio subiendo y bajando, subiendo y bajando. La cuesta de la Universidad, la tarde encendida, el olor a la entrada del hospital. El silencio de los pasillos a medianoche. El ruido familiar de los ascensores. Cada ventana encendida y todas las historias que habrá detrás de cada una. En cada cama. Esperar de nuevo en la puerta. El barullo en Urgencias. Los compañeros de blanco, el recuerdo de aquellos años allí. Cuando eramos reyes. La sensación de poder volver de nuevo a tocar, acariciar, tranquilizar. El miedo de alguien que no sabe qué le esta pasando. Que no quiere seguir ahí. Hablar despacito, al oido. Decir palabras que hasta a uno mismo le tranquiliza oirse decir. Acariciar. La posibilidad del tacto. Pensar que hace nada la persona que ahora casi no conoces, ahí tumbada, te daba la mano para cruzar en verde y te señalaba el mundo y te daba las palabras que ahora manejas para ella. Este era el trueque -pensaba- un día me diste las palabras, ahora mi vocación consiste en devolvértelas así, para que no llores. “Tranquila, tranquila. No tengas miedo. Estamos aquí”. Hace cuatro meses, exactamente cuatro meses, escuchábamos a Ben Harper bajando de Cabueñes y grabábamos el impecable cielo asturiano

[va despacito. dejar que cargue]

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