Humo y plagios


Recuerdo tres historias de humo y tabaco, de factores de riesgo y determinantes de salud y blablabla, de esas perfectas historias que no aparecen en los libros de texto ni se publicarán en ningún sitio.
La primera era la de un hombre que venía de vivir años en un chupano. Rodaba ahora en un albergue municipal. Encendía su cigarro con devoción y después de la cena, en el patio, hablaba con él. Todas las noches le contaba sus afanes del hoy y sus tareas para el mañana. Afirmaba, sin victimismos ni prosas, que se sentía contento de poder fumar. De encender y apagar cigarros que le hicieran compañia.
La segunda era de otro que sólo fumaba por las noches y que sólo era capaz de irse a dormir cuando sentía los pulmones bien llenos de humo y la cabeza bien llena de nada.
El tercero había empezado a fumar cuando perdió unos labios que besar y recurrió poéticamente al tabaco como norma y costumbre. Para poder tener algo que echarse a la boca, triste la boca pero llena la boca.
Sonrio pensando que seguimos siendo buenos plagiadores en la vida y en la literatura.

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