entradas y salidas


DSCF3475

En una guardia de residente volvía a la cama después de haber informado a una familia del fallecimiento de su madre y esposa. Había tenido la oportunidad de seguir el caso durante mi rotación por interna. Una mujer de mediana edad, una enfermedad demasiado precoz en alguien aún demasiado joven. Conocía a la familia y ellos -aunque observadores de la inexperiencia de aquel residente- creo que agradecieron de alguna forma que el médico de aquella noche fuera yo. Mi adjunta de interna y yo habíamos tenido un mimo exquisito aquellos días. Era un cierre duro, pero era un bien cierre.
Los pasillos de un hospital son terriblemente fríos y solitarios de madrugada. Pero siempre que vuelvo a ellos están llenos de emociones y de vida. Curiosamente de vida.

Hay lugares que uno recordará siempre y estos son unos de ellos: las puertas abriéndose y cerrándose, la mano acariciando la barandilla y la pared, la luz subiendo por las ventanas, el ruido al caminar…
Recuerdo perfectamente aquellas noches. El olor de las habitaciones. El olor de las manos al tocar los cuerpos. Las preguntas, las continuas preguntas colgando, del labio inferior colgando, eternas preguntas colgando. Las mismas que se hicieron los hombres y mujeres de todas las edades y de todos los tiempos. Asomarse a fumar mirando amanecer o anotar líneas en la libreta entre las pegatinas con nombres y apellidos y diagnósticos o propuestas. Las ganas de tomar un café con mis contemporáneos residentes para contarnos y reírnos contando de la vida o contarnos de la muerte.
Salía del pasillo después de informar a la familia con ganas de llorar. En esto uno demuestra que se va haciendo buen profesional nos decía un gran neumólogo, en las veces en que vuelves a casa llorando o con ganas de llorar. Las lágrimas son también formas de preguntar o de responderse. Salía con ganas de cama o de salir a romper y justo en el vestíbulo del ascensor otra familia se abrazaba llorando. De alegría ahora. Un pequeño en medio de todos. Algo mínimo, tierno, tapadito en sábanas blancas. Una mujer había acabado de parir y miraba emocionada aquel trozo de su carne entre las risas y abrazos de los suyos.
Entradas y salidas.
El tiempo entre la entrada y la salida es impredecible. Decenios, años, casi un siglo o tan sólo minutos. Un misterio. Terrible pero inmensamente hermoso también. Lo importante supongo que sea brillar ese instante, dure lo que dure. Gorriones claros o luciérnagas transparentes o flores perfectas. Pero brillar  y apurar cada décima, con intensidad, con la piel encendida.
Martín entra ahora y Marifé sale. Creo que era Lhasa quien en un concierto contaba una historia que su abuelo le decía cuando era pequeñita: el niño que tranquilo en el vientre de su madre y no habiendo conocido nada más que aquello, en el momento del parto y tornarse todo tan agitado, ruido, luces, movimientos bruscos, dolor, piensa que se va a morir pero realmente está naciendo. Lo que era final no era más que principio. El abuelo comentaba que cuando se marchara quizás lo que pensábamos que era acabar no era más que empezar. El niño se equivocaba y quizás él también se equivocaría pensando que aquello era el final. Quizás todo sea un tema de palabras y de lo que creemos conocer. Que todo sea contar bien historias o creernoslas. No lo sabremos nunca.
Quizás Martín esté entrando y Marifé saliendo. O viceversa. Y no tenga mucho sentido hablar de muerte o de vida.
Sea como sea, lo que nos ha tocado y nos tocará que sea con plena intensidad y emoción. Bienvenidos ambos.

Un comentario sobre “entradas y salidas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s