Angel y Angel: cabo de año


A Miguel , uno de los responsables – tras varias noches de barra, trapecio y funambulismo-
de eso que llamamos Contemporáneos.

Horas después de la muerte de Angel González en Madrid, fallecía Angel Prieto en Oviedo. Su hijo Miguel me contaba que, curiosamente, las últimas horas de éste fueron recordando las últimas horas de aquel; quizás tratando de desdeñar o confirmar premoniciones sobre el viaje del primero, y lo hacía allí sentado en su silla, con disnea y musculatura accesoria, con ese lago diáfano en los pulmones y con esos pensamientos que pueden sobrevenir cuando alguien piensa cómo será enfrentarse a lo desconocido o a lo tan conocido pero que la pérdida de imaginación nos hace con el tiempo olvidar.

Aún siendo ambos casi coetáneos desconozco si se conocían en persona, si habrían coincidido en determinados lugares de su ciudad común, paseado juntos algún trecho, o si detenidos juntos ,ante alguna obra o fuente grandilocuente, se habrían dicho, sin casi mirarse el uno al otro ,“hay que ver, hay que ver”. Seguramente González no pensaría durante sus últimas horas en Prieto. O sí (quizás sí, quizás de alguna forma sí). Los centímetros cuadrados que hoy o mañana la prensa dedique a Prieto no serán los mismos que se dedicaron hoy y se dedicarán estos días a González. Y los corrillos y los círculos, y los intelectuales y los expedientes académicos que abrazaron a la familia y cercanos de González no tienen nada que ver con los que abrazaremos estos días a los de Prieto. Ni tampoco éste dejará a sus hijos palabras tan bien escritas y publicadas, ni un sitio en las estanterías, ni en reales aposentos, ni quizás ese vértigo de inmortalidad al que se llega por la palabra. O sí (quizás sí, estoy seguro que sí).

Y no importa. Porque ambos eran poetas. Los Angel González hacen esa poesía que al final conforma los pasillos por los que caminamos, las letras que impulsan los hombros a levantarse, a los cuerpos a tomar cierto rumbo, a dormir en ciertas salas, a tomar con decisión el autobús o derrotar una cita; los Angel González escriben las palabras que dibujan las avenidas que hasta que no son nombradas no existían, la posible tristeza del otoño y de vivir a veinte kilómetros del mar, el deseo del invierno, o la certeza del deseo luminoso; los Angel González montan con esa tinta herida de hormigas los frágiles andamios por donde transitan tan poéticamente todos los Angel Prieto del mundo, hacen la caligrafía de los cimientos de los edificios que izarán todos esos otros Ángeles Prieto que trabajan catorce horas o duermen cuatro, los que levantan las montañas y someten miserias y arropan a niños miopes en las camas y mecen la tierra y ofrecen la comida y doman el mar y construyen casas e hijos con una saliva ancestral y dulce y pagan hipotecas y desvelos y ven cambiar el mundo y aman y a veces llegan cansados a casa y se apoyan en la almohada con un sueño primigenio de dioses pero tejen redes porosas para sus hijos y para los hijos de sus hijos; todos esos Angel Prieto que horadan el monte y bajan a las minas y respiran la densidad de la vida en sus membranas y pastorean las lluvias y hacen que el verde sea verde o el mar sea mar y que a esto le llamemos pan, a esto otro vino; ángeles que esparcen nuestra dignidad solemnes y sin prosa cuando vuelven a la tierra y se constituyen certeza, memoria y ceniza y sangre.

Por eso era inevitable que antes de marcharse y empezar ahora de nuevo en un sitio distinto, era inevitable que Angel González se acordara de Angel Prieto y que Angel Prieto se acordara de Angel González. Desconocemos respuestas intermedias. Pero sea como sea, hoy alguien ha ganado dos ángeles más.
(Ayer Miguel nos confirmaba que su hijo que viene en camino se llamará como su abuelo. ¿Ves? Nosotros también salimos ganando un Ángel)

Gijón. 13 de enero 2009

2 comentarios en “Angel y Angel: cabo de año

  1. Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
    al borde del abismo, estoy clamando
    a Dios. Y su silencio, retumbando,
    ahoga mi voz en el vacío inerte.

    Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
    despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
    oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
    solo. Arañando sombras para verte.

    Alzo la mano, y tú me la cercenas.
    Abro los ojos: me los sajas vivos.
    Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

    Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
    Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
    ¡Ángel con grandes alas de cadenas!

    “Angel fieramente humano”/Blas de Otero (1950)

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