Contemporáneos: Roy Axerio


Nomadi. Io Vagabundo

“Aquel verano Roy ya era un adulto. Un detective salvaje como su padre. Conducían a la inglesa por las autopistas italianas en el trayecto de Omegna a Bologna. Fumamos muchísimo aquellos días y el cenicero del coche rebosaba mientras escuchábamos Nomadi una y otra vez en una cinta agotada. Antonio me traducía las letras. Hablábamos sin parar. Yo volvía del exilio y acaba de corregir “Gorrión de Vos”. Roy no tenía nada que ver con aquel primo pequeño y de flequillo rubio que había veraneado hace unos años en Asturias. En el aeropuerto le regalé una chaqueta azul, de punto, larga, rota que había paseado por Florencia y que me había servido de almohada cuando dormía en la estación de tren con Sonia y aquella japonesa misteriosa.
En Bologna soñé con hombres que saltaban desde los puentes y con mujeres transparentes que me pasaban los labios por el alma. El sueño me reveló que el alma era tan exigente y real como apoyar los codos en la mesa o como levantarse de puntillas.
Roy descansa ahora en un cementerio en Rima. Su padre viajó de Asturias a Italia con una cruz de madera que se había realizado siguiendo la tradición ebanista de mi familia. Ebanistas de las montañas asturianas del Sueve. Hoy, esta noche, bebiendo y fumando, nos reimos del viaje de Antonio en su coche, con su perra Briciola en el asiento de atrás, las melenas al viento, trasnochado, fumando STOP y con Nomadi y con la cruz transilvánica, y con el coche inmovilizado por la policia francesa pensando que era un templario del siglo XXI que quería llegar a las cruzadas a través de las autopistas de peaje europeas manipulando alguna sustancia ilegal.
Un año después de la muerte de Roy, Carlo, el hermano pequeño, encontró tirada una revista, la abrió al azar y encontró unos anuncios donde se ofrecían perros. Uno de ellos miraba profundamente a los lectores, miraba profundamente desde todos los ángulos de lectura posibles. No miraba tan dulce ni era tan hermoso como el husky de la imagen superior, pero el nombre del perro era Roy. El nombre del perro era Roy.
Mi primo amaba profundamente muchas cosas, amaba profundamente Gijón y Cimadevilla, y fumar ducados y conducir a la inglesa por autopistas italianas y la chaqueta azul que le regalé y escuchar historias y mirar las cosas despacio y mirar de frente y con nobleza. Durmió en la buhardilla de la calle Cuenca. Eramos contemporaneos. Amaba a los animales. Carlo se hizo un tatuaje después de la muerte de Roy con una de sus frases favoritas, una que dice algo así como que todo lo que estás buscando lo puedes encontrar al quebrar una rama o al levantar una piedra. No necesitas nada más.
Antonio fue a a la perrera a la mañana siguiente. El perro era mordedor y conflictivo y desistieron en llevarlo porque podría llevarse mal con Briciola, perra vieja ya, trece años, con artrosis y cataratas. Una madurita atroz.
Aurora y Antonio se disgustaron porque de alguna forma se habían hecho a la idea de que Roy podría volver a casa. Esa noche ojearon de nuevo la revista. Volvieron a ver la foto del husky dulce de ojos tristes. El nombre del husky era Yor. El nombre del perro era Yor. Roy al revés.
Antes de que abriera la perrera Antonio se acercó a ver a los animales. Encontró al husky en una de las jaulas. El husky le miró y se puso a llorar. Antonio también. Esto no me lo ha dicho, pero estoy seguro que él también lloró. Se reconocieron. Desde entonces Yor duerme en casa con ellos y cuida de Briciola”.

Artemio Rulán. Moleskine
06 de agosto 2008

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