Deconstrucción


“En aquellos tiempos y lejanos y felices tiempos el significado y la acción eran una sola cosa. En aquella época paradisiaca los objetos que llenaban nuestras casas y los sueños que habíamos forjado respecto a ellos eran una sola cosa. Todo el mundo sabía en aquellos años de felicidad que los instrumentos y las cosas que sosteníamos en las manos, los puñales y las plumas, eran una prolongación no sólo de nuestros cuerpos sino también de nuestros espíritus”

Orhan Pamuk. El libro negro


“Salía del hospital el viernes y habíamos pensado en arreglar el baño antes de su vuelta a casa. Me tomé todo el día para limpiar los restos de la obra y que encontrara todo lo más decente posible.
Me dediqué a limpiar, fumar y recorrer despacio las habitaciones.
Me movía con pereza. Ya digo. Limpiaba algo, volvía a fumar y luego me tiraba en el suelo con la ventana abierta para ver el incendiario cielo azul de junio. Descalzo. Absorto. Sin estar en ningún lugar. O queriendo estar en alguno imposible.
Nunca pensé que iba a asomarme de nuevo a ciertos armarios y a ciertas junturas del pasillo a las que no volvía desde los juegos infantiles.
El trabajo fue un ejercicio impecable, no de limpieza sino de disección. Limpiar todos los objetos uno a uno evitando tirar ninguno, dejándolos todos en la misma forma y algunos, la mayoría, con la misma inutilidad en la que llevaban colocados más de veinte años,
como manipular el cuerpo de un asesinato tratando de dejar intacta la escena,
como meterse en tu cama, derivar en ese cuerpo y marchar de madrugada,
sin dejar rastro ni pruebas, para cuando vuelva tu esposo.
Todo para que a su regreso se sonriera y dijera al menos aquí las cosas siguen como siempre.

Una deconstrucción exquisita de toda la casa:

El mismo cartón en la esquina de la habitación;
las batas y la ropa detrás de la puerta;
un cajón con doscientas bolsas de plástico vacías que nunca llegarán a utilizarse;
un calendario de la Milagrosa disparando rayos por la mano al estilo hombre araña;
una sandwichera que no hace sandwiches desde el 99;
la cerámica de los suelos donde pasaba las tardes de vuelta al colegio;
la figurita de un pastor homosexual que le trajeron desde Italia (de aquella no lo sabíamos, pero ahora fijándome con detalle, el pastorcito se había ido convirtiendo con el paso del tiempo en una verdadera y maravillosa loca);
una taza añosa para el aceite llena de aceite añoso;
el azucarero rojo, nuestro entrañable azucarero rojo;
la cubeta de la antigua nevera, los trapos en la cocina como salvas;
un reproductor de CD averiado con el mismo disco dentro desde el día en que se estropeó,
las cestitas y muñecos de la repisa (una cestita era de un cactus que me regalé en noviembre del 93);
las fotos de sus nietos, una planta diáfana, el reloj de murano, el cenicero especial para desnucar intrusos o tías empeñadas en hacer guardia en el salón;
el cuadro que le regalaron en la boda;
las vetas del armario del pasillo donde Dani y yo tratamos de hacer un barco a los siete años – a tamaño real, para quince personas- y del que nunca hicimos más que el mascarón de proa (versión reducida, claro);
los platitos de boda que se reproducen por esporas, esos tan jodidos de limpiar porque siempre cae y rompe alguno y siempre te cagas en la madre del que tuvo la idea de regalar eso;
la ventana del baño fugando a ninguna parte, la ventana de la habitación con ese frontal de luz con el que crecimos toda la vida;
el armario empotrado donde me metía de crío a tripular un avión imaginario (o quizás mucho más real que todo esto);
un paquete de ducados que olvidé en el 2002 con cuatro cigarrillos dentro , uno de ellos a medio fumar; paquetes de camel vacíos con un pendiente dentro; las notas del colegio, cintas, grabaciones de la abuela, millones de cajas con cartas escritas para otro que ya no soy yo de otras que ya no son ellas, libros, una carta desde Madrid en el 96, la cuna con un muñeco que más que ternura inspira pánico, la carta a los abuelos que nunca eché en correos, un libro con un verso subrayado de tus manos;

los cajones llenos de millones de detalles absurdos y bellos (un trozo de cera, una medalla, recordatorios, libritos, tarjetas, un joyero triste, tristísimo, conmovedor, menús, regalos del día de la madre, alguna foto en una verbena cuando era joven, una foto en el zoo);
la caja para el betún, un paquete de pasta a modo de reliquia de un no-viaje, el armario de la limpieza, el armario de la comida, el armario de las bolsas (¿por qué le habrán gustado tanto siempre las bolsas de plástico?);
zapatos, el olor de las zapatillas en el armario, un estante en el baño con restos de una mercromina que derramé en el 77, zapatillas, cajas, juguetes, perfumes desclasificados y sin identidad ni olor, abrigos, paraguas, ropa, perchas, mis camisetas favoritas del 85 y del 89;
un mapa con chinchetas de lugares a los que ya no iremos nunca.

Limpiaba despacio. Paraba para fumar y pasearme por las habitaciones. Para tirarme en el suelo descalzo y ver como ardía el cielo. El mundo desde abajo como cuando crío.

Al final, limpiar la casa fue como ir acariciando un cuerpo.
Algunos rincones son de una ternura espantosa y otros rincones profundamente violentos.
De algunos no me hubiera ido nunca. Y si me desplazaba a otros era por la llamada que mi cuerpo recibía en la dulzura de ciertos olores.
Había rincones que me incitaban a moverme detenidamente por ellos y dejar que mis manos, mis dedos hicieran lentamente un gesto ancestral, lleno de deseo. Movimiento que ciertas habitaciones acogían apretándose más contra mi y emitiendo un tibio gemido.
A la casa también le gustaban mis manos y se estremecía voluptuosa mientras me mordía el hombro.
Si no fuera por esta tristeza que teníamos, los dos, la casa y yo, nos hubiésemos masturbado juntos.

Las ventanas al patio eran como unos ojos radiantes.

La habitación en penumbra era el vientre del que no podía salir.

Barrí el pasillo una y otra vez, incapaz de dejar de tomar aquel cuerpo desde su espalda y observar como le caía en su sexo Junio y su luz y el mediodía de la calle que tanto amo.
Algunas puertas son labios cuyo sabor no se me quita de la cabeza.
Algunas cortinas un cabello triste que agoniza entre mis manos”.

Artemio Rulán. Moleskine

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