No siempre es mejor prevenir que curar


Una de las labores más agradecidas y desagradecidas de trabajar en salud pública es la de tratar de poner equilibrio en determinados debates, sobre todo aquellos que rozan la columnitis.
Un tema muy interesante para discutir con calma sería el manejo de la incertidumbre. Se ha hablado mucho sobre el manejo de la misma en el ámbito clínico-asistencial, pero se ha hablado menos sobre el manejo de la misma en el ámbito de la toma de decisiones en intervenciones poblacionales, sobre todo cuando la decisión de las mismas se solapan con el ámbito de ser “autoridad sanitaria”.
El tema de los cribados es un tema complejo. Y las personas que trabajan en ello siempre hemos estado abiertos a críticas tanto por exceso como por defecto.
Subo de nuevo este post antiguo, publicado en enero del 2010, a partir de una carta escrita por diferentes personas que trabajaban en programas de cribado de la Consejería de Salud en Asturias. La carta, publicada en un medio de comunicación local, trataba de centrar desde la reflexión, la racionalidad, el debate sosegado, la evidencia científica disponible y también desde la prudencia y la incertidumbre, algunas declaraciones que en aquel momento se vertieron sobre la necesidad de ampliar las edades de cribado.
Nunca viene mal recordarlo.

Artículo de opinión publicado en prensa local esta semana y redactado a raíz de varios documentos de reflexión previos, sobre todo inspirados en este texto de Andreu Segura

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