Anima Mundi


De La ñoaranza de Artemio Rulán

Los fantasmas no existen. Araceli asiente. Los fantasmas no existen y todo esto no son más que frutos del miedo y de la ausencia. De las pocas horas de sueño de los últimos meses. De la mesa vacía en su lateral izquierdo, despoblada de su cuchara y de su servilleta. De la mitad de la cama estéril, sin fronteras posibles y con la tibieza quebrada de este nuevo mundo de sombras.
Llevaban cuarenta años viviendo juntos, vagando juntos. Se habían hecho inseparables e imprescindibles. Para lo bueno y para lo malo. La rutina había perdido el nombre, y lo cotidiano -pese a lo minucioso de su instauración- era una sorpresa permanente que se había instalado en las esquinas de los pasillos y en la escalera que subía al segundo piso. Juntos, en silencio o con charla sosegada, compartían los años. Juntos conocían los parques y el barrio: a la hija que crecía y al tren que enfurecido desplomaba las tardes, a los vecinos y al perro nocturno, al amor en la casa antigua del pueblo, antes de venirse a la ciudad, a las letanías de mayo y al angelus dormido en las telarañas de una radio al mediodía.

Casi no habían viajado, pero se consideraban errantes. Alfredo erguido, con el rostro serio de circunstancias, y la palabra consciente. Se sabían, sin saberlo (porque así es como mejor se conocen las cosas) pequeños navegantes en una esfera loca. Y asumían y sentían el vértigo de viajar deprisa en el espacio infinito, con leyes gravitatorias que bien conocían de uso.

Araceli llora y afirma que los fantasmas no existen.

Alfredo había muerto de transparente disnea hace unos días. El corazón se había puesto tan grande de años y vida que fue imposible manejar tanto líquido y así, las lágrimas que tragaba en silencio pasaron cuenta anegándole los pulmones. Pero fueron tantos los minutos vividos codo a codo, que pese a las circunstancias, la sinceridad de su muerte no podía dejar de ser coherente con lo inmutable de su vida, y el espíritu o el cuerpo – igual da- alto, recio y amable se negaba a abandonar la casa y seguía empeñado en la cabecera de la mesa y en el sillón de la sala o en las cervezas de la nevera. Amable y bueno seguía tocando tímido el pelo de Araceli, como aquella primera noche,  apareciéndosele en los espejos, tomándola del hombro, besándola como buen amante en el cuello y susurrándole quedo al oído: “Los fantasmas no existen, Araceli. Los fantasmas no existen”

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