Dolor en Tepanahuori


Del libro: (Gorriones)e (identidades) de Artemio Rulán

“Resolver primero, y finalmente sólo describir el dolor, se convirtió en las estancias de Tepanahuori en un asunto, circunstancialmente obsesivo. Observar los mecanismos de la gente para afrontar determinadas circunstancias, supuso un descubrimiento que guardo entre los más intensos de aquellos mis años allá.
Ante la muerte, durante el duelo, los cuerpos de los familiares reaccionaban de forma absurda, moviéndose en diagonal por los espacios, desarticulados, haciendo muecas y gestos inciertos. Siempre parecían histriónicas aquellas representaciones que en determinadas culturas se hacen parafraseando ciertos ritos vitales, pero cuando el hecho descrito sucede, aumentan las muecas, la forma de mesarse los cabellos, de abrazarse, de llorar sin pudor o de proferir palabras sin sentido que se van disponiendo en el escenario de las manos al girar o blasfemar contra el aire.

Todo podría parecer una verdadera pantomima, pero el tronco se retorcía, se hincaban las rodillas o se llenaba el pelo de ceniza. En ocasiones algún viejo me sorprendió con su forma de encadenar palabras incomprensibles. Mi conocimiento de la lengua de Tepanahuori no era alto, pero el suficiente para adivinar que las palabras venían a los labios con la misma incoherencia que los cuerpos se arrojaban, rompientes acantilados, unos contra otros. La expresión del dolor.

Mi calidad en aquellas escenas era de simple observador. En alguna ocasión me tocó algo más de cerca. El cadáver que una noche despedíamos había estado varias tardes a mi lado. Aún se prendía su olor con la simple evocación de noches cerca del mar. En aquellas veladas la muerte no había sido todavía capaz de narrar aquella piel, joven aún, o de borrar ciertos adjetivos. Habiendo dormido junta a la mía y vuelta del revés por efecto de lenguas y dedos, era dificil mentar donde fue piel de uno o donde era piel de otra.
No obstante, siendo en este caso o siendo aquellos mayoría en que el fallecido me fuera ajeno, en todos, siempre afloró un ánimo que nunca antes había reconocido. Una confusión incierta entre el vértigo y el misterio. Una opresión retroesternal, pálida, que podía hacerme soltar lágrimas mas no se bien si por el mecanismo contagioso del dolor, por una especie de gestación melancólica que sacudía mi sentir o por algo más sencillo y transparente, sustancia que debe componer nuestros propios huesos, y que a mi me gustaba denominar compasión”

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