Sabina mola


Daniel García es un estudiante de medicina que realizó este año las prácticas en Atención Primaria con nuestra querida Sonia Goyanes, médica de familia y comunidad en la Unidad de Gestión Clínica de Trevias (Asturias).
Daniel rotó, como el bien escribe, “de extremo a extremo” por el centro.
La primera vez de muchas cosas para él y el comienzo de, estamos seguros, una gran carrera profesional.
Esta es una pequeña crónica de su rotación. Un breve Monte Miseria pero en bueno y en asturiano. Muchas gracias a Daniel y Sonia por hacérnosla llegar.

 

” Sin que fuese mi intención, pero probablemente mereciéndolo, me gané el apodo de Pepito Grillo por parte de mi tutora, y su enfermera. Quizás pensaban algo parecido los pacientes cuando entraban por la puerta de la consulta y se encontraban a un estudiantillo sentado en un taburete junto a su médico de cabecera, retorciendo el tercer botón de su bata y jugueteando con el fonendo de su bolsillo, que tras un mes de trabajo acabo un tanto pegajoso.

Oh, querida Sabina, tú eres la responsable de que yo escriba esto, aunque tú no lo sepas, aunque tú no lo sospeches. A cuento de una célebre frase de dos palabras (Sabina mola), me encargan que narre mis experiencias en esta especie de mezcla entre medicina, psicología y escuela de la vida que es la atención primaria.

He de confesar algo, primero a mi médico-tutor, la doctora Sonia Goyanes, a quien estoy muy agradecido por haberme prestado atención y no haberme aparcado sin más en una silla, y luego al resto del mundo. La primera vez que tomé la tensión a una paciente en la consulta (solo la primera vez, lo juro) apenas alcance a oír nada, y di unas cifras un tanto subjetivas. Luego el tensiómetro digital me apunto con su dedo acusador cuando marcó la tensión real de aquella mujer, que necesitó de un diurético por vía parenteral.

Aquella fue mi primera inyección, y me hubiese gustado salir de mi cuerpo en ese momento pera ver la expresión de mi cara. Yo, jeringuilla en mano, ante aquella nalga grande y blanca, pidiendo ayuda a Sonia con la mirada. Después de esa inyección vinieron más, con más decisión y acierto.

Existen muchos tipos de pacientes. Está el paciente burócrata, que solo viene a por recetas, fácilmente reconocible porque enseguida saca un montón de cartones recortados, con mayor o menor éxito, de sus cajas de medicamentos. Algo curioso de ver es el formato en que traen los cartones. Pueden sacarlos directamente del bolsillo, bolso o cartera, pero también pueden traerlos envueltos en una receta vieja, dentro de un envoltorio de pañuelos de papel o incluso en un llavero. En estos casos yo intentaba reconocer qué medicamentos estaban tomando, para qué patología y relacionarlo con su historia clínica. Sin duda alguno vivimos en la sociedad la pastilla. Buscamos la pastilla única, la pastilla de poder. Una pastilla para todo y todo para una y que además este subvencionada por la seguridad social. “Mira, me tienes que dar una para la tensión, dos del estómago y otra del colesterol y una de las de dormir para mi madre.” y entre todo esto la impresora echando humo.

Otro tipo de paciente habitual de la consulta es el paciente sufrido, el que tarda mucho en entrar a la consulta y quien se duele absolutamente de todo e incluso padece de próstata aún siendo mujer. No obstante es muy importante tener paciencia con ellos, y escucharles, tanto lo que dicen como lo que no dicen, pues nunca se sabe que patología pueden esconder debajo de toda esa demanda de atención. Creo que sería muy interesante tener un psicólogo (o dos, o tres) en atención primaria para dar apoyo a este tipo de paciente.

Luego está el paciente tipo Sabina, ancianas adorables, agradecidas con tu trabajo y que siempre están dispuestas a rebuscar en su bolso como un ratón para regalarte un caramelo. Sabina en particular es una señora muy mayor, enjuta de carnes y admiradora de la Duquesa de Alba que no puede rebuscar en ningún sitio porque tiene las manos deformadas por la artritis. Cuando  nos marchábamos de su casa, después de curar sus úlceras y tomarle la tensión, podíamos oírla dándonos todavía las gracias cuando nosotros ya habíamos cerrado la puerta y bajábamos las escaleras.

Muchos pacientes, mucha patología, desde hemogramas que no pintan nada bien o una sangre ocultas en heces con antecedentes familiares de cáncer de colon hasta la chica prepuber que confunde el desarrollo natural de sus mamas con un cáncer, o la que simplemente te dice con voz ronca “tengo una flema aquí…”, mientras se toca la garganta.

Un aspecto muy provechoso de estas prácticas fue el aprendizaje  de enfermería tanto del aspecto sanitario, como de la vida en general. Sí, las enfermeras, esas grandes maestras de la vida, a quienes me presenté sin saber nada, como una tábula rasa para que me moldeasen a su imagen y semejanza. Extracciones de sangre, EKGs, Sintrom y demás, incluido un intento fallido de sondaje, que fue con mucho la peor experiencia en cuanto a las prácticas se refiere. Cuando creía haberlo conseguido y empezó a salir sangre por aquel tubo solo quería que me tragase la tierra mientras aquella señora me decía que primero tenía que practicar con un muñeco hinchable. La enfermera que me supervisaba pidió refuerzos, acudieron en mi rescate y el tema se quedó en un disgusto. A parte de esto hubo algún que otro episodio incómodo: un par de discusiones con pacientes injustificadamente insatisfechas con la medicación que tenía pautada provocaron momentos tensos en la consulta. El deseo de marcas y no genéricos o simplemente querer tomar lo que nos da la gana  pasan por encima del respeto que se le debe o debería tener al médico y demás personal sanitario.

Roté por el centro de un extremo a otro: desde pediatría a geriatría, pasando por trabajo social.

El trabajador social debe ser especialmente diestro en la interpretación de los silencios y la lectura entre líneas para saber qué es lo mejor en cada caso más allá de lo que el paciente demanda. Es un trabajo muy importante desde mi punto de vista.

En pediatría la consulta está llena de juguetes (aunque en mi época de niño no era así) y eso mola tanto como Sabina. La salud de los niños, esa gran responsabilidad. La pediatría es una disciplina difícil a mi entender. Creo que me quedaré con los adultos.

Por otra parte durante la consulta de geriatría, extraordinariamente larga y agotadora, la doctora pegó un gran empujón a un anciano mientras estaba realizaba la prueba de Romberg. Yo pegué un bote en el asiento  pensando que se había vuelto loca que qué era eso de maltratar a los abuelos. Vale, luego me explicó que se hacía para comprobar si la estabilidad estaba conservada o no y si era capaz de rectificar el movimiento, pero, hombre, esas cosas se avisan.

Ya en la recta final de las prácticas me tocó exponer una presentación sobre la nueva guía para el tratamiento de la EPOC. Veinte diapositivas que despaché rápidamente, con la boca seca, como si estuviese comiendo papas. No estuvo mal del todo, creo…creo que no.

En conclusión, unas prácticas que se traducen en una experiencia enriquecedora y entretenida, que me acercó a la realidad de la vieja profesión de médico y que me  hizo conocer mejor la Asturias profunda en la que vivo.

Fdo.: Daniel García Pérez”

Un comentario en “Sabina mola

  1. Enhorabuena, Daniel y a tí y a todos los que han sido capaces de transmitirte lo importante y bonita que es esta especialidad. Hace año y medio acabé la residencia y me alegra mucho ver que hay gente como tú que ya de estudiante es capaz de abrir sus ojos (y su corazon) y dejarse encantar por la especialidad, en mi opinión, más bonita del mundo. Enhorabuena por lo que has escrito, hay muchos residentes que ni de R4 llegan a ver y sentir y hacer la mitad de las cosas que tú has visto, sentido y hecho. Te auguro un buen futuro. A tí y a tus pacientes. Una vez mas, enhorabuena.

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