Diagnóstico


Texto de Jaime Poncela en su blog Artículos de Saldo

 

“El jefe de personal me llamó a media mañana. Marta, su secretaria, me hizo llegar el recado. “El jefe quiere verte”, me dijo con cierto retintín. Al entrar, ya nervioso, me resultó extraño ver que el tipo iba vestido con una bata blanca, pantalones verdes de médico y zuecos de goma, pero como la reforma laboral del PP permite tantas excentricidades preferí no darle demasiada importancia a esos detalles. A uno siempre le han impresionado mucho las batas blancas y el olor a desinfectante que hay en los hospitales y en los despachos de los jefes de personal de algunas empresas, así que me malicié que aquella reunión no iba a terminar bien para mí. El jefe de personal sacó de un sobre color ocre unos papeles. “Son copias tu vida laboral”, me explicó, mientras iba colocando las transparencias sobre unos paneles de luz igual que los que usan los radiólogos para observar los bronquios de los fumadores o los cerebros de los fascistas. El jefe de personal terminó de colocar papeles en el expositor luminoso y se quedó mirando aquella panoplia de números con la boca fruncida hacia abajo, las gafas colgando de la punta de la nariz y la mano derecha apoyada en la barbilla. El gesto me recordó por un instante al de la veterinaria que acababa de diagnosticar leucemia a mi gata, pero espanté mis temores para evitar que mi tensión arterial subiera como la espuma. “Tiene usted unas manchas muy feas entre el cuarto y el quinto trienio”, me espetó a bocajarro. “Los niveles de cotización son críticos. Está usted casi sin nóminas… No sé como decírselo”. Vale ¿Cuánto me queda de vida laboral?, pregunté yo armándome de valor. “Cuatro meses, seis como mucho, está usted en las últimas, amigo”, dijo el tipo quitándose las gafas. Pero ¿no hay tratamiento?, imploré ya al borde de las lágrimas. “Podríamos aplicarle unas sesiones agresivas de ERE     químico, pero sería prolongar el sufrimiento. Arregle usted sus cosas ahora y asuma lo que viene con entereza”, me espetó con tono de confesor preconciliar. La puerta del despacho se abrió y entró Marta, la secretaria, que me miró con más retintín que antes. “¿Todo bien?”, preguntó con maldad. Al ir a contestarle como se merecía, un violento ataque de tos me impidió articular palabra y, de pronto, empecé a escupir trozos de mi propio finiquito”.

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