Informe médico I.M.V ******


(texto antiguo , revisitado, del 98 o del 99)

El Dr. Cifuentes redactó con estilo impecable y preciso los distintos sucesos clínicos y vitales de la paciente.Narró certero los antecedentes familiares, vanos, caóticos, ocres, con tremor y malganas y portazos repetidos.

En los personales fue más comedido y afinó su pluma, consiguiendo su mejor prosa. Supuso, tibio, la ausencia de alergias medicamentosas, de hipertensión y dislipemias. Un tabaquismo tenaz. Un eccema triste en la infancia y una rinitis comedida de barrio de las afueras. Algún golpe mal dado y la cabeza en las nubes en la escuela, hilando mariposas azules del crucifijo oxidado a la calefacción que no funcionaba en tercero B. Una melancolía de tarde de domingo y de zapatos repetidos varios inviernos seguidos y un olor gris de avenida y humo y la inauguración de un sexo torpe y remoto de sí misma. Siguió –hábil Cifuentes- con la introducción de los psicofármacos pautados desde Salud mental cuando I.M.V tenía quince años y no había forma de pararla y no dejaba de sentir vértigo, ese vértigo turbio de empeño familiar en la tarde de domingo y que no existieron neurolépticos al uso para parar y que quizás fue lo que le remitió de las mariposas tenues de la primaria a las otras mariposas torpes de las venas, con ese rush indefinido y esa sensación del mundo palpitando en su sangre y de por fin, de nuevo, veinte años más tarde, sentirse viva de nuevo, por fin y qué bueno, sentirse viva de nuevo. Y luego salir a las calles corriendo y toparse en lechos extraños –sin mariposas- en Manuel Llaneza, 17 de Agosto, y esas ganas de llorar asomada a los balcones y a esos ojos que no reconocía como suyos y con otros niños violentos, de ojos tristes, asomados a su vientre, pero también sin encontrarse. Tan contemporáneos y canallas y desnudos los dos.

Se mantuvo firme y seguro en la narrativa de la sintomatología actual de la paciente. Señaló la disnea y un esputo de esmeraldas tristes, señas vagas de dedos en la conciencia, resquicios de miedo, una torpeza en el pulso, un descuido de azaleas en el pecho, rasgo menor, una alteración en la mirada y unas ganas de llorar contagiosas, que contagiaron al clínico y a la auxiliar del servicio de urgencias y consiguieron que el ingreso se hiciese con más premura de lo habitual.

Apuntó los versos del hemograma, el hígado tímidamente dañado –de brea, bordillo, escarcha- el resto de pruebas estrictamente normales excepto un despiste inmunitario. Confirmó el Elisa y el Western-Blot un despropósito o una ausencia de sueño y el cansancio de los últimos meses. Permaneciendo la carga viral indetectable y las defensas estables.

Se detuvo en las técnicas de imagen, comprobando una disociación estacional entre radiografía y  ecografía, no  siendo estables el sentimiento y el ánimo en ambas, marcada indiferencia de invierno en la segunda, en el abdomen, síntomas de ralladura y nausea., contrastando –en la primera- con una esquirla de Mayo en el pecho, retrocardiaco, débil, torpe, apenas visible si no es en la lateral.

Concluyó Cifuentes con un eficiente comentario al informe, con su consabida propuesta de tomarse un tren a ninguna parte, la necesidad de concluirle un verso a la paciente que le cambiara los días y mejorara, como mejoró el ingreso, la sonrisa de niña de dos años que es, que sigue siendo. Reclamó una epidemia de salud que por fin nos cerrara las plantas o dejara de colapsarnos la urgencias o nos hiciese libres o tontos.

Realizó una brillante y codificada impresión diagnóstica final. Afianzó la sospecha de seroconversión de VIH y de una hepatopatía C ya conocida, una neumonía comunitaria banal y una tristeza de mariposas tristes en sus venas. Indicó triple terapia conocida, efectos secundarios y posología sencilla. Recomendó una incierta abstinencia de paraísos. Marcó próxima cita en consultas externas y señaló –en letra mayúscula y a doble espacio- una marcada necesidad de evitar contagios, no ya de la infección descubierta sino de esa tristeza finita, de barrio y acera afilada que tenía la paciente en un punto impreciso de su cuerpo, en algún rincón perdido que “pese a todas las pruebas realizadas” no fueron capaces de encontrar.

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