“Por eso el viento los reconoce…”


La Vieja Sirena. Jose Luis Sampedro

 

“Krito se acerca al aulista, que ha reconocido contento su voz, y le propone tocar para él. El ciego lo celebra porque cuando trabaja para los clientes suelen pedirle vulgares tonadas o canciones de moda, algunas de las cuales entona el lazarillo, aspirante a futuro cantautor. Krito, en cambio, pide improvisaciones preferidas por el ciego

Juntos suben a la azotea, adonde se hacen llevar cerveza y unos platitos de nucleus, esas tapas de taberna y de banquetes a base de piñones, sésamos, habas, ahumados, salazones y otras golosinas. Ya es tarde y ha disminuido el ruido callejero; prefieren quedarse solos al fresco, bajo la luna ya próxima al llano horizonte de poniente, entre el lago y el mar. El lazarillo se ha quedado abajo, ávido de curiosear la vida de los burdeles y aprender de paso las canciones nuevas entonadas por un cliente o alguna de las muchachas

El aulista emboca el doble tubo y se ata la cinta detrás de la nuca. Krito se reclina contra el murete que sirve de barandilla. En la noche empiezan a flotar notas que no son todavía música sino meros sonidos, tanteos buscando continuaciones o temas… El ligero rumor de la calle se convierte en el bordoneo de fondo de la vida, como un ruido de mar o de tiempo. Y de pronto una nota se mantiene, otra la sigue, ambas intensas, puras. Nace una melodía, se echa a volar, retorna como una cinta de colores, salta como el aletazo de un ave, trina como la amorosa llamada de un pájaro… ¡Ahora sí que sabe Krito lo que quiere! ¡Ahora sí que no se oculta nada a sí mismo, ni su inútil pasión, ni el errático rumbo de su vida, ni el origen de todo! Porque de pronto la melodía recuerda a otras, en el modo lidio, allá en Esmirna, en una noche de amistoso simposio, en casa del marido de Kalidea, el opulento mercader. Ella vivía las aventuras que le parecía y había dado esperanzas a Krito, y el joven retórico, poseído de sus éxitos en el foro, y sin haber aprendido nada de su desgraciada aventura ateniense, había puesto su fe en esa mujer, la había idealizado, la había creído desgraciada con aquel marido, había soñado liberarla, llevársela, triunfar en Esmirna, en Roma misma… mientras ella, con su coro de amantes, planeaba la burla escandalosa con que iban a hacer que toda la ciudad se riese de Krito… La melodía continúa, cambia, se transforma, Krito revive las consecuencias de aquello, la maldición interior pesando en su vida, la destrucción para siempre de su capacidad de amar, y recordándolo abre los ojos, se contempla con realismo implacable, se abraza a sí mismo donde está, se acepta reconciliado… Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y donde entonces empieza a pisar firme. Y desde lo alto, desde la noche transfigurada por la música, llega al fondo del pozo el bálsamo del arte, despierta la sensatez de la sabiduría, y Krito empieza al fin a estar en paz… Desde ese momento sólo es oído y sentimiento, olvido de los demás, envuelto en música, inundado de música, apacentado en música. Es pájaro, caballo, navegante, planeta. Es corazón latiendo.

Tarda en darse cuenta de que la música ha cesado de que abajo no hay apenas ruido. Oye crujir la vieja escalera de madera por las cautas pisadas de una muchacha y las más fuertes del tardío cliente que la sigue hasta la yacija. Oye una voz reclamando agua. La vida le envuelve de nuevo y ve al aulista, soltándose la cinta que mantenía los tubos contra su boca.
—Amigo, amigo —le dice suavemente—. ¿Qué haces con el viento en esos tubos? ¿Cómo lo alargas, lo trenzas, lo frenas, lo aceleras, lo haces saltar o doblegar?
El aulista sonríe y tantea hasta encontrar el jarro del que bebe un trago.
—Esta noche te confesaré mi secreto… No soy yo quien lo hace; es el mismo viento que está vivo y ama los tubos estrechos con las repentinas portezuelas que se abren y cierran. Sí, te diré mi secreto. Cuando nací, en Tracia, mi madrina fue una maga de hierbas, como llamamos allá a las mujeres con poderes ocultos, y no me regaló nada. Mis padres se enfadaron, pues habían esperado que me diese la vista sin la que nací, pero ella sabía que aún no era el momento. Fue más tarde, cuando ya me apuntaba la barba. Un día se me acercó en el monte y sopló tres veces en mis dedos. Por eso el viento los reconoce y ellos a él; por eso ellos le llaman y él les obedece.
—Comprendo —dice Krito, mientras piensa de qué triste o alegre historia personal será transmutación defensiva esa leyenda.
—No, no comprendes —continúa Yarko, cambiando su tono ligero en otro melancólico—, porque aún no he terminado. Después de soplar en mis dedos la maga tocó mi corazón con su mano izquierda y me dejó una cicatriz para siempre. Por eso el viento y mis dedos sólo saben tocar como has oído.
Y ahora Krito sí comprende que en la vida de Yarko hubo otra Kalidea. Se acerca al aulista y abraza a su hermano en lo irremediable”

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