Fiebre


El pródromos es una cadena de sutiles acontecimientos: olvidar las llaves o no ser capaz de atender el teléfono, una rinorrea escasa y acuosa, unilateral de inicio, picor en los ojos y una cinta -como escarapela de lunes- en la frente. Instantes más tarde, calor en el epigastrio y sudor muy localizado en zona interescapular y una sensación de nube y de pasaje aéreo con disnea de cuatro pisos. Sobre todo es patonogmónico en el pródromos una astenia solidaria repartida uniformemente en todas las articulaciones. Más aún, unas poquísimas ganas de fumar, sea el enfermo fumador o no, hecho éste sorprendente y más acentuado en aquellas personas en las que el hábito tabáquico no estaba presente al inicio del cuadro.
El primer día aparece la fiebre. Precedida de un temblor fino de extremidades superiores, temblor distal, progresivo, siendo habitual que el paciente lo relate al pasar las páginas del diario como una tendencia a la aproximación en el primer dedo de la mano izquierda. Prosigue al tremor una orina ambarina, por decir diremos como pátina nigua en escotilla de submarino hundida.
Por fin el termómetro confirma el aumento de temperatura y la posibilidad de meterse en la cama se transforma de sugerente en evidente. El temblor se desplaza a las yemas, centrípeto, y se solapa con un castañeteo que bien pudiera parecer cómico si no se presenciase el aspecto desvaído del enfermo y de no tratarse- somete a juicio el clínico- una forma solidaria del organismo para recibir la pirexia.

desafinado
El acto de meterse en la cama constituye una parodia de sacramento que todos los enfermos refieren con cierto grado de ñoaranza al notar, muchos de ellos, que persiste la memoria táctil de las sábanas. Y bien sea la fiebre o bien sea dicha carencia mnésica, todos dudan que haya pasado tanto tiempo desde aquel sarampión a los cuatro años y la misma memoria olvida que pese a la prescripción de desarmarse de las dos mantas, lo más razonable para la piel sigue siendo arrebujarse, caverna de platón y cueva de juegos infantiles y sudar como un cochinillo. Hecho paradójico por lo que más tarde relataremos.
El primer y el segundo día transcurren entre idas y venidas al mundo de la consciencia, delirios y migrañas, agua tibia que se pega al paladar: El tiempo se ha parado y pese a la desgana de días la fiebre supone unas vacaciones de los sentidos y es apacible estas tantas ganas de nada , de no sentir ni doler la luz, ni acoger los sonidos y sólo esta piel ardiendo transparente contra una sábana imposible de fría que está.
La frontera de las tardes se caracteriza por el aumento febril y por las alucinaciones persistentes: un quicio de miedo, las encías crecientes, esas voces que no pensabas acoger de nuevo, aquel cuerpo tan cerca, una sombra de deseo y todo tan real, la lámpara moviéndose o dando consejos, recordar dónde habíamos guardado aquel libro que tanto tiempo dimos por perdido. Los dedos como acentos para dar pronunciación a un verbo ausente. La fiebre subiendo y la tiritona a veces hermosa bajo esta catedral de cobertores y edredones. Es muy terapéutico en estas fronteras dejar una pequeña luz encendida y conseguir que alguien te lea algo en voz alta. Las palabras. Las palabras entonces, por la percepción distorsionada y el baile de toxinas circulantes se hacen más bellas y perennes, y el enfermo o la enferma, en fase de resolución del cuadro, se asombrarán de cómo diez años después del episodio gripal aún recuerda la marca de cigarrillos que el personaje de la novela guardaba en la guantera de su coche, junto a los carretes de fotos, el día en que la conoció.

La ñoaranza de Artemio Rulán

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