Barrio (I)


unnamed

“Sí, la infancia siempre será el estado subversivo del hombre”
Victus. Albert Sánchez Piñol

“Dicen que la patria es eso, un recuerdo de la infancia”
Martín Sastre

 

“Más tarde medirías el barrio por el tiempo que duraba un cigarro. El paquete era azul como el cielo que no tenías. Treinta preguntas por cigarro. Sin respuestas ni bibliografías. Las preguntas eran sólo un juego y las respuestas una excusa. Lo encendías cuando tomabas la pequeña calle peatonal y lo apagabas en X. esquina con Y. Tú imaginabas, nublado, el cielo era glorioso, que podrías ser un punto que se escapaba de un gráfico con demasiada acumulación de datos al este. Que el punto podría fugarse al sur. Parabas en la papelera, lo ahogabas en el cenicero y mirabas al aire. Siete segundos precisos para apagar el cigarro y las preguntas.

Años antes la avenida era otra. No había estos árboles y el camino te llevaba de crío a Cuenca. Confundías la calle con la provincia y siempre dudabas de qué cojones hacía la familia empeñada en pasar la tarde en un sitio tan exótico. Las calles han cambiado. Los árboles han crecido. La vida no era en línea recta como pensabas. No tienes nada que ver con aquel o quizás eres exactamente el mismo. A lo mejor no queda ni una sola célula del cuerpo aquel, ni materia ni ánimo. O quizás arrastras todo dentro. Sí, para saber de aquel habría que preguntar a otros que ya saben más de ti que tu mismo. De guaje subías despacito aquellas calles, de la mano de tu madre. El mayor riesgo vital es cuando te bajas de los brazos de tu madre. A partir de ahí todo se complica. Y todo es una hoja en blanco inmensa donde descubrir belleza. Y quizás el cierre de la historia sea ese, volver de nuevo a los mismos brazos de tu madre y poner el cartel de fin y dormirse. Dormirse bajito y soñar.

Las tardes de agosto siguen inmutables. Subíamos a carreras de la playa y el mar y la luz se quedaba en el edificio de enfrente, la luz sigue en el edificio de enfrente. El calor pegajoso de aquellos días y la lentitud del día bajando. Mirar el mundo desde cerca y lentamente. Por miopía y timidez. Coleccionar lo cotidiano que era tan poco y tan grande. El detalle de las escaleras. Los peldaños mellados. Los cuentos recalentados con historias que también fugaban, el tambor de detergente con indios y vaqueros, las piezas para construir edificios a medias, el barco que nunca llegamos a terminar. Bajar a la calle pegado a J. , enorme punto de referencia. La mirada siempre al suelo, poema de miope con una timidez jodidamente vulgar y que sólo quería ser invisible y desaparecer. J. hábil en todos los juegos, riendo, hablando, defendiéndome, animándome siempre. Este, la barbilla al pecho, triste y feliz. La tristeza y yo hacemos una bella pareja desde críos. La ñoaranza como una herida luminosa para poder ver la belleza nítida de los edificios, las antenas, los charcos, el balón imposible de dominar, la carrera angustiosa, los gorriones, los perros, el camión de la lejía, el gato, el alféizar para alimentar la noche, la luna si entras en la calle desde el oeste, los prados cercanos lo más parecido al medio oeste, caballos solitarios, donde solíamos gritar, el olor a pan, volver a casa, mi hermana, sentarse en la mesa, rayar la esquinita rota de la mesa de mármol, escuchar historias, subir las gafas contra la nariz para ver mejor, las ruedecitas de la radio y la tos de la abuela, ese chal gastado y el perfil del mundo el día en que te fuiste, los poemas con los dedos por el barrio, acumular odio suficiente para aniquilar gelipollas, compasión herida para doler con los que hemos herido, cada día treinta preguntas sin respuesta, zapatillas rotas y coleccionar palabras y años en cajas de zapatos y cajones. Las historias de T. en el cuarto, la ventana abierta, el patio, bajar del cuarto al tercero, del cuarto al segundo, del segundo al primero y luego al cuarto o al tercero de nuevo, luego al desván, bajar al taller, oler el serrín, el lápiz del carpintero, el puto ascensor social, los libros que no y las vacaciones que tampoco, el buzón y el cartero del rey, las cicatrices de las paredes y cómo escribimos todo en las paredes de muchos pechos. La rabia y la resistencia dobladas en la mesita de noche junto al vaso de agua y junto a una enorme felicidad de miope con postillas en las rodillas.

Suelo volver a casa. Hablo con los que dicen que ya no están. Su piel sigue siendo suave. Les cuento progresos y proyectos. Una resumen limpio y sencillo de por dónde vamos a estas alturas del partido. Ciertas cuestiones de adulto que voy manejando y otras estrepitosas. Les hablo lentamente sobre cómo está el color de ojos de los más pequeños, cómo son sus manos y cómo van tocando el mundo con la risa. No sé muy bien qué hemos aprendido después de tantos años. Quizás a reconocer la belleza. Quizás a reconocer nuestras derrotas. Y a que eso nombrado como equivocarse no es es más que una extraña combinación de ambas”

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s