Julio Cortázar atrapando pokemons


“¿Sabés porqué nadie cita un trocito de Rayuela a partir del capítulo 37, a partir de la parte del lado de acá? ¿sabés por qué? Nadie ha sido capaz de leerse el libro entero. Es infumable”
Tito Quiraldo tomándose una copa con John Hurley

“Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro”
Jorge Luis Borges. El libro de arena

 

Rayuela
Imagino a Julio Cortázar situando a los seres imaginarios del libro de Borges y Margarita Guerrero o las 4096 especies de animales fantásticos del animalario del Profesor Revillod o a las bestias fantásticas de Scamander en diferentes lugares de París. Lo imagino buscando Pokemons.

Imagino a Julio Cortázar geolocalizando alimañas en lugares inusitados del lado de acá y del lado de allá, en el tejido mondrianesco del metro o de los quartiers parisinos. Mancuspias en Corrientes,  A bao a ques en el Quai Conti, Cacanos y Centauros en el Pont des Arts, Migalas en Humboldt, Pulmejas y Dragones en Réamur, a Dementores y Mantícoras en la calle Cachimayo, a los animales soñados por Poe o por Kafka en los esternones donde soñaban Poe y Kafka, a Threstales en Gay-Lussac, Carfantes en Saint-Sulpice o Tacetunas en rue Dauphine.

Imagino también a Julio Cortázar bajando al metro a jugar, dejar por un rato la silueta de Margrit o de Paula que se recoge en el cristal, postponer adivinar en qué concordance y disponerse a atrapar Gyaraados  y Vaporeeons . Imagino a Julio atrapando Pokemons como me lo imagino posando tigres o como me lo imagino buscando casoares en Australia. O como me lo imagino llenando la habitación de palanganas y cordeles.

Imagino a Julio atrapando Pokemons pero echando de menos la ñoaranza que no tiene la máquina esta, la falta del Gran Tornillo, la imposibilidad de ablandar el ladrillo o de buscar glúcidos o lípidos en la popa. Me lo imagino despertando noche boca arriba con dudas de quién atrapa a quién.

Imagino también a Julio argumentando con el elaborado mundo de la élite intelectual que dispone barreras y distancias. Cuando la enumeración de autores, bibliografía y elaboración compleja de subordinadas son búnkeres y distancia de seguridad que escupe la burguesía intelectual. Cuando el truco es encriptar el conocimiento y posteriormente jugar a vulgarizarlo sólo para dar de comer de nuevo a una camada y a toda una estirpe y seguir marcando diferencias y mantener una procelosa segregación biológica. Donde el límite lo pone la academia y los columnistas y las clases sociales.

Imagino a Julio aprendiendo Géglico. Ese nuevo idioma que retomando el Gíglico cortazariano acuñó W.F Bryce en algunos artículos a finales de los 90 y que consiste en jugar a cronopio trucando las vocales de las palabras (guiñando ojo a Perec y a su secuestro), en cambiar el orden de la frase y en hacer argumentaciones estrábicas o surrealistas, aforismos en jóvenes emponzoñados de infinito. Y que normalmente – la historia de siempre – sirven para nada, y ya es todo más, que no sea generar la sonrisa de las esperanzas y el desconcierto de los famas.

Imagino a Julio Cortázar desorientado buscando Nidorinas y Noddish en el mismo momento que su mujer le golpea en el codo y le señala que los Pokemons son otros y que mientras medio mundo juega, a otro medio mundo se la juegan.

Imagino a los famas viendo esto y cantando catala tregua espera tregua. Imagino al cronopio proclamando la hermosa ciudad, la hermosísima ciudad mientras lo atrapan a él y no sale del campo de refugiados, él que sólo buscaba Monfermos y que evolucionaran o lo evolucionasen.

Imagino a Borges y Julio Cortázar metidos en internet. Los imagino con los ojos desencajados, como aquel el día que obtuvo el libro maldito por un pedazo de su jubilación y la biblia de Wiclif. Los imagino intuyendo que es algo más grande y más bello y más terrible que aquel libro. Los imagino calculando las infinitas combinaciones de páginas y tratando de meter su dedo para encontrar el principio y el final de internet. Los imagino atrapando Pokemons. Los imagino pensando que  algún sociólogo o algún poeta debería estar tomando nota de todo esto y adivinando qué pasa cuando las posibles combinaciones de buscar y perderse en este libro son infinitas, mucho más infinitas que las de aquel otro libro que tuvo que ocultar Jorge Luis en una estantería olvidada en aquel sótano en la antigua Biblioteca Nacional de la calle México. Allá en los húmedos anaqueles donde habría periódicos y mapas y retratos de Inverness y de la calle Cuenca.

 

Gracias a L. (10 años) y M. (6 años) que me han dado referencias fundamentales para el texto. A Covadonga que me enseñó a amar a Cortázar. A Natalia que me descubrió el Animalario del profesor Revillod. A Juan que me enseña a mirar.

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