Leyes inversas


Texto de Carlos Sobrino

 

Si uno se para a pensarlo con calma, las tablas salariales de convenios colectivos tienen mucho de literatura sagrada. Son un poco como las enumeraciones del Antiguo Testamento, donde se especifica con ánimo de contable toda una serie de elementos, añadiendo el valor ordinal de cada uno de ellos de acuerdo a un orden jerárquico inmutable y eterno.

En mi actual puesto de trabajo, las categorías laborales recuerdan las taxonomías evolucionistas, tan amigas de representar el Orden de la Vida según escalas piramidales ascendentes que partiendo de los poríferos culminan en el ser humano (claro). Taxonomías muy parecidas a las pirámides del Ser neoplatónicas, que partiendo de lo más bajo de la existencia escalan hasta el Ser Supremo en una especie de orgasmo metafísico.

La división del trabajo consiste un poco en eso. En dar un valor monetario diferente a cada actividad asalariada en función de un orden pretendidamente natural. Las categorías salariales son escalones que no distan tanto de los estamentos sociales del Antiguo Régimen, con la diferencia de que en la sociedad actual queda mal decir que existan.  El trabajo asalariado nos pone a cada cual en el lugar que nos corresponde en función de nuestra categoría salarial. Ahora bien, ¿de dónde vienen esas categorías? ¿Cuál es el monte de donde bajaron las tablas salariales después de que el Ser las dictase a los encargados de redactar los convenios colectivos? ¿Por qué 1090 euros y no más o menos? Es una precisión increíble para ser aleatoria, como el ojo humano, el oído interno o las telas de araña… ¿Qué Ser supremo se esconde detrás de las categorías salariales?

Un primer impulso nos lleva a justificar las categorías en base a los méritos, es decir, a los títulos. Así pues, evidentemente, quien haya estudiado una carrera no puede ganar lo mismo que quien no se haya esforzado en hacerlo. Por increíble que parezca, ese argumento es bastante generalizado. Sin entrar en si debe o no ser así, el caso es que sencillamente no se cumple casi nunca. Ni todas las personas que se esfuerzan por igual consiguen lo mismo, ni todas las personas que consiguen lo mismo, se esfuerzan en el mismo grado. La meritocracia ignora muchas cosas, pero sobre todo que casi nunca existe realmente.

Otro argumento que suele salir a relucir es el de la responsabilidad creciente. Así pues, conforme aumenta la categoría salarial, aumenta la responsabilidad del trabajo de una persona. Así pues, un error laboral no tiene las mismas consecuencias en una categoría laboral que en otra, por lo que tiene sentido compensar el riesgo asumido de forma proporcional al salario. Posiblemente en muchos sectores laborales este argumento tiene algún anclaje con la realidad. Sin embargo, también es cierto que ignora en muchos casos las dinámicas de poder por las cuales las responsabilidades muchas veces se socializan, mientras que no acostumbra a ocurrir lo mismo con los incentivos.

En una ocasión escuché hablar de la ley del notario. De acuerdo con esta ley, el tiempo y el esfuerzo físico invertido en el trabajo asalariado es inversamente proporcional al salario que recibe un trabajador por él. El ejemplo, muy ilustrativo, sería el de la construcción de un edificio. Los albañiles trabajan a jornadas de 8-10 horas al día unos 5-6 días por semana. Tienen un trabajo muy exigente físicamente y poco cualificado. Sobre ellos están los técnicos especialistas, que cobran algo más, tienen jornadas algo menores y por tanto menos agotadoras en muchos casos. El capataz, con casi las mismas horas, también cobra más por su grado de responsabilidad, aunque no suele sudar tanto como sus subalternos. Después vienen los aparejadores y los jefes de obra. Ellos van una vez cada 2 días por la obra, se ponen el caso y supervisan que todo va como es debido. Aunque llevan bota rígida y casco, no suelen tener tanta exposición a accidentes porque suelen pasar menor tiempo expuestos a ellos. Su trabajo, además, es menos exigente físicamente. El arquitecto y el ingeniero van menos habitualmente aún por la obra. Su trabajo es poco exigente físicamente y aunque trabajan bastantes horas en sus estudios, suelen dedicar ese trabajo a varios proyectos a un mismo tiempo. El agente inmobiliario que gestiona la construcción ni siquiera pasa siempre por las obras. Menos aún el notario, que en una mañana firma las escrituras de varios edificios y cobra por ello una jornada mucho mayor que el albañil de la base. Sería interesante aplicar a este caso concreto los criterios de responsabilidad creciente y de meritocracia que antes mencionaba. Probablemente al hacerlo salte a la vista que no gozan de una solidez sin fisuras. Cuando la cuestión de las categorías profesionales se lleva al campo sanitario saltan a la vista contradicciones muy similares.

Es bastante conocida la llamada ley de los cuidados inversos,  descrita por el médico y militante británico Julian Tudor Hart. Según ésta, los pacientes con más necesidades de salud (entendida de un modo amplio, es decir, social) son precisamente quienes menos atención suelen recibir, siendo por el contrario la mayoría de las intervenciones sanitarias dirigidas a la población que menos las necesita (en otras palabras, la población con un nivel socioeconómico medio y alto). Hago referencia a ella, porque estando muy de acuerdo con su análisis, en esta ocasión tan sólo me gustaría hacer referencia a otro posible significado de su nombre. Pensemos, así pues, una ley de los cuidados inversos que hiciese referencia a las personas que cuidan, en lugar de aquellas que son cuidadas. Pensemos en quién recae la tarea de los cuidados en un entorno laboral sanitario (sin olvidar que la inmensa mayoría de ellos son realizados en el ámbito doméstico no asalariado, por supuesto). Por ejemplo, un hospital. Y pensemos qué relación hay entre la carga de cuidados, las categorías profesionales y sus retribuciones salariales. ¿Qué cantidad de cuidados hace un médico, un DUE, un auxiliar, un celador, una limpiadora, una administrativa, una cocinera? Creo que, a grandes rasgos, la proporción de tiempo laboral dedicada a los cuidados de cada categoría profesional es inversamente proporcional a su remuneración salarial. En otras palabras, creo que los cuidados no son un valor para el trabajo asalariado. Y sin embargo, los cuidados son parte absolutamente indispensable para la asistencia de cualquier persona enferma. Si a esto además aplicamos una mirada de género, nos daríamos cuenta de que los cuidados son mucho más frecuentemente hechos por mujeres (tanto asalariada como domésticamente) independientemente de que las tareas sanitarias más alejadas de ellos estén siendo cada vez más compartidas.

El otro día, mirando las tablas salariales de mi convenio colectivo, pensaba que se tarda muchísimo más en poner las medicaciones a un paciente y hacerle las curas tres o cuatro veces al día, que lo que se tarda (generalmente) en operarlo, o en diagnosticarlo y pautarle un tratamiento al ingreso, o en pasarlo a ver por las mañanas comprobando los evolutivos y los resultados de las pruebas complementarias. Pero aún se tarda más en lavar y mover a un paciente encamado cada 2 horas, o estar pendiente del timbre todo el día para poner la cuña, acercar agua o simplemente tranquilizarlo. Y quizás se tarde todavía más en cocinar durante una semana tres veces al día para un paciente ingresado. Todas estas cosas, de la primera a la última, contribuyen a la convalecencia y curación de una persona enferma. Todas resultan imprescindibles, pero no se remuneran del mismo modo, sino de forma inversamente proporcional a esos tiempos de cuidados. He aquí un nuevo significado para la ley de los cuidados inversos.  

 

by Nick Sinclair, bromide print, 1996
Julian Tudor Hart by Nick Sinclair 1996.

Un comentario en “Leyes inversas

  1. Un artículo muy interesante.
    Está claro en el entorno sanitario que el salario es inversamente proporcional al esfuerzo físico (con raras excepciones) que le pregunten al personal de limpieza.
    También, me parece, es directamente proporcional al ‘poder’ del colectivo en el sistema.
    E, incluso, podríamos pensar que el salario también es inversamente proporcional a la ‘ética profesional’ del colectivo. He visto a lo largo de los años como muchas reivindicaciones enfermeras han quedado en nada porque se antepone el principio de no maleficencia por encima de cualquier otro. Sin embargo, otros profesionales no tienen mayor problema en emprender acciones de protesta, para conseguir sus propósitos, que comprometen la salud/seguridad de los pacientes o de quien se ponga por delante.
    Gracias por el post. Un saludo.

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