Mercedes y Manolito


Texto de Jorge Janeiro publicado en Leyteratura. Se reproduce aquí con permiso del autor.
Desconozco a quien se lo dedicaría el Maestro Neiro, yo se lo dedicaría a todas las personas que viven en barrios y países con parques de chichinabo y a aquellos que piensan que la elongación de las miserias humanas pasa por las innovaciones tecnológicas de biomonitorizaciones, proyectos europeos y mierdas que desprecian la más elemental dignidad humana.

 

Mercedes tiene ochenta años, la espalda torcida, un gato gordo que se llama Manolito y tres vástagos: uno que no puede, una que no quiere y otro de quince centímetros de titanio alojado en el fémur. Mercedes se mueve por su casa empujando un tacatá que le han dejado los servicios sociales porque la paga no da para una mierda, y que estrella contra la zapatera del pasillo así que se despiste un tanto como nada; en un armario de la cocina al lado de la ventana guarda un bote de Reparador, pero a ver quién es el guapo que se agacha a frotar mataduras cuando ya tienes bastante con asearte y vestirte. Todas las mañanas sin falta, llueva o haga sol, sale de casa antes de las diez; y como le da palo ir por la calle pegando el cante de inválida, aparca el tacatá y lo cambia por un carro de la compra último modelo, de esos que rotan el eje y cambian el juego de ruedas para salvar los peldaños con más comodidad. Eso fue lo que le dijo el droguero cuando lo compró, y en aquel momento le pareció una buena idea; pero el tiempo, que es muy perro y cura hasta las buenas ideas, ya se ha encargado de desvelar que brinda mal sustento quien no se aguanta solo en pie. A doscientos metros escasos de su portal, en un parquecillo de la manzana que queda al Norte, aguarda su faena diaria que es pelearse con Gabriela, una brasileña divorciada que le disputa el gobierno de una colonia de gatos callejeros feos como demonios. Gabriela es amiga de los tupperware llenos de arroz enriquecido con tropezones de pescado o carne; mientras Mercedes recela de los cachivaches plásticos porque son cancerígenos y del arroz porque es comida de chinos, y si los chinos acaban con los ojos así –dice mientras fuerza con los dedos las comisuras de los párpados hacia afuera– será por algo. Ella es devota de las rosquillas Friskies de buey con zanahoria, y paga esa devoción con un puyazo en sus finanzas de trapo que enjuga multiplicando sobras y parcheando parches. En una bolsa que nunca mete en el carro como si estuviese apestada, lleva unos cuantos tetrabrick de leche recortados por un lateral, que usa para echar pienso y agua, y cuya alma refulge en los días de verano cuando el sol los hiere de pleno. Ni una ni otra dejan sus comederos al tuntún; los colocan en función de la entrada de los gatos al parque, la probabilidad de que llueva, que haya pasado la muchachada que va al instituto que queda cerca o que ronde alguna gaviota, porque todos son animalitos de dios, pero coinciden en que unos más que otros. Y así, en un parque de chichinabo, resto de los años de especular con hormigón y que ahora nadie se molesta en limpiar, tenemos a una docena de gatos callejeros feos como demonios que siguen sin mucho interés cómo avanzan y retroceden las divisiones Panzer en un bosque de las Ardenas de juguete. De cuando en cuando una se distrae y la otra aprovecha la oportunidad para cobrarse pieza y tirarla al contenedor que queda cruzando la calle, porque ya han decidido prescindir de disimulos, y si eres tan tonta que te dejas capturar un tanque, mereces verlo arder. Casi nadie en el barrio está al corriente de que a pocos metros de sus casas se libra una batalla tan fiera, pero muchos toman partido sin saberlo: ayudar a Mercedes a cruzar la calle o tomarle la bolsa significa verse la cara cruzada por un aspa imaginaria en la cabeza de Gabriela. Charlar con ésta del tiempo, ganarse un escupitajo virtual de la otra. Gabriela se refiere a su antagonista como la jorobada loca, y Mercedes baja el tono para decir que la otra es brasileña, como si en Brasil el menú diario fuese pernil de bebé. El jueves pasado un Fiat Uno de color rojo fue el árbitro involuntario de la disputa; al entrar en la curva un poco más rápido de la cuenta, obligó a Mercedes a precipitar un paso para ganar el bordillo, su fémur dijo hasta aquí, y no fue el único que dijo algo: el médico dijo que de operar nada de nada, el hijo que no podía dijo que seguía sin poder, y la hija que no quería dijo que seguía sin querer, pero que a ver qué firmaba, no fueran a quedarse con el piso. Mercedes espera en la Cruz Roja a que los servicios sociales le asignen un asilo, o como quiera que se llame ahora por la cosa de la corrección. El sábado por la mañana llovió, y Manolito, que llevaba un día y medio sin papear, se vio lo bastante ágil como para saltar sobre el armario de la cocina en que está guardado el bote de Reparador a mirar por la ventana. El viento metía la lluvia contra los cristales, y las gotas de arriba afluían hacia las de abajo formando unos regatos cimbreantes que Manolito intentaba cazar sin sacar del todo las uñas. El sábado Mercedes lloró por primera vez en un montón de años. Lloró porque tiene un hijo que no puede, una hija que no quiere, un clavo de titanio inútil metido en el cuerpo y una ofensiva fallida en un bosque de las Ardenas que para ella nunca fue de juguete. Y lloró porque su gato Manolito llora las lágrimas que no puede llorar acariciando gotas de lluvia a través del cristal, y eso no hay Reparador que lo repare cuando tienes una paga que no da para una mierda.

 

venedig-by-anders-petersen-1989
Escribir una leyenda

Venedig by Anders Petersen, 1989

 

 

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