Fake Runner y la pornografía en internet


“Making love with his ego Ziggy sucked up into his mind”
Ziggy Stardust. David Bowie

Hace veinte años no había nada aquí. Allí hasta donde llega la vista en la pantalla, todo esto era un erial. Un territorio por colonizar. Sólo un par de tiendas que algunos colonos estaban montando en territorios pantanosos y extraños. No debería poner ejemplos manidos – aunque me los puedo permitir dada mi avanzada edad y que esta entrada ya la has leído probablemente en otro sitio- pero los pondré: las playlists estaban en cassetes con títulos escritos con tipex tirados por el coche, los discos se llamaban discos y no vinilos, y para pedir un artículo tenías que pedir cita en la biblioteca y esperar varios días para consultar un CD y varios días más para conseguir el texto en papel; todos tus archivos – bibliografía y poemas incluidos – cabían en un disco de 3 1/2 durante varios años de tu vida ; el mapa era el de la guantera y el teléfono el del pasillo – donde justo tu madre se empeñaba en limpiar cuando te llamaban- y era la única vía de comunicación directa, siendo la privacidad directamente proporcional a la elasticidad del cable en espiral del teléfono. El momento más importante del día era abrir el buzón o cuando llamaba el cartero. Y todos los contenidos que se producían en estos -vamos a ser finos- procesos, solamente lo conocían diez o doce personas.

Aquel solar medio vacío con dos tiendas de campaña con frikis peludos se ha llenado de contenidos mágicos, enormes y pornográficos. La generación de contenidos por parte de los usuarios de la red (algo que creo que llamamos 2.0 en su momento y que hoy pronunciado así suena ya terriblemente viejuno a Raíces o a Crónicas de un Pueblo) ha generado maravillas, vértigos infinitos, exhibicionismos y absurdos.

La generación colectiva de contenidos en la red es como una plaza desbordada de gente al comienzo de la noche en verano. En un ejercicio de nudismo colectivo ahora puedes saber casi todo de casi todo el mundo: conocer sus opiniones políticas, conocer a su familia, su primer hijo, el segundo, sus posturas favoritas de baile en los bailes de graduación o sus progresos intelectuales. Podemos conocernos las quejas y los aburrimientos. Podemos difundir lo que comemos, lo que bebemos, lo que soñamos, lo que viajamos, nuestras peripecias al filo de lo imposible. Hay páginas donde la gente retrata su órgano genital en diferentes momentos del día en un ejercicio que parece una performance de Abramovic imitando a Monet con la catedral de Rouen pero con un componente púbico. Pero probablemente esto tiene tanto de impúdico, digamos descarnado,  como tratar de demostrar todo lo que hemos leído y sabemos, los idiomas que manejamos o la gente que conocemos, todo lo que hemos recorrido o lo que vamos a recorrer. Hay catálogos de lugares para comer, cenar, desayunar, dormir, viajar, bailar, copular, los horarios de los oficios religiosos y dónde hacer trekking. Hay páginas infinitas y profundas. En la red se puede navegar, hacer esnorkel o buceo en fosas abisales. Puedes compartir tus fotos, las canciones que has compuesto o tus poemas. Puedes leer todos los artículos infinitos hasta que te estallen los tímpanos. Puedes exhibir tus dotes de deportista, de eyaculador o de intelectual. Todas las combinaciones son posibles. El libro de arena, aunque el mismo Borges tendría que tomar biodramina para leerse este libro. Puedes ver todas las películas que desees y enfrentarte a la infancia más descarnada al encontrarte con aquellos programas que habías lanzado al cuarto oscuro del occipucio; puedes creer en todas las religiones y filosofías por la mañana y dejar de creer en ellas mismas después de la comida; confiar en la humanidad al alba y denostarla de noche seleccionando la tercera temporada de alguna serie después de haber visto los informativos a la carta, firmado a favor o en contra de algo  en Change, hacérselo saber, claro, a tus seguidores o de haber jurado que nunca más vuelves a leer EL PAIS.

Tanto revuelo de palabras, numerologías y símbolos debe de significar algo semántico y orgánico que apuesto, algún cabalístico – y Eco revolviéndose en su tumba – debe de estar resolviendo echando números y cuentas con alguna app para hacer números o combinar o montar nubes de palabras.

Pero en fin. En medio de este gangbang de emociones y comunicación, Fake Runner es una isla para los melancólicos y los torpes.  Si tienes más de 90 pulsaciones en reposo y te horripila el deporte en todas sus variantes y cuando subes dos peldaños el corazón te golpea la glotis. Si sudas sólo al calzarte unas zapatillas o casi te rompes los ligamentos al ponerte las mallas, si te cagas en toda la descendencia y ascendencia de los que van corriendo y charlando de sálvame/dostoievski sin fatigarse y te adelantan mientras tu abres las trompas de eustaquio para tomar más aire, si lo tuyo es el sofá y ser un/a fofisano/a pero quieres no quedarte atrás en redes sociales y deseas impresionar a tus seguidores, Fake Runner es la solución.  Que luego digan que interné no puede subirte la autoestima y ayudarte a seguir generando contenidos.

 

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