Zeta


Compartimos una entrada que Enrique Gavilán escribió para Salud Comunitaria en el año 2013 (¡!) y que no habíamos subido aún. Da gusto encontrársela y leerla cinco años más tarde pensando en todo lo que hemos construido en este tiempo y lo mucho que queda aún. Gracias amigu.

 

Por Enrique Gavilán

 

Zeta. Vigésima novena letra del abecedario español. Comienzan por zeta las palabras zafio, zagal, zaguán, zarcillo, zócalo, zoco, zoquete, zumbado, zurdo y zurrón. Todas ellas han sido reemplazadas con el tiempo por sinónimos de mayor uso, y por ello son accesorias en el lenguaje cotidiano. Son las palabras más exóticas de nuestro vocabulario. Además de ser la última letra del alfabeto queda separada figurativamente del resto por su antecesora, ya i griega, copulativa, lo cual le confiere una cualidad casi de apéndice del mismo.

 

Que en la clasificación internacional de enfermedades en atención primaria el apartado zeta se haya reservado a los problemas sociales no es casual. En nuestro país hay casi 10 millones de personas a las que podríamos etiquetar en sus historias clínicas con códigos Z01 (pobreza/dificultades económicas) y 5 millones de Z06 (desempleo/paro), cuatro y dos veces más, respectivamente, que personas T90 (diabéticos tipo 2). Sin embargo, es mucho más probable que un diabético esté identificado en su historia clínica que un parado o un pobre. Igual que en el alfabeto, los códigos zeta son como una apéndice, un cajón de definiciones inhóspitas con las que delimitamos situaciones ajenas y que apostillamos, como si fuera un parche, a los diagnósticos médicos para darle un toque más “integral”. Para la mayoría incluso es algo desconocido, casi paranormal, como un expediente Z (¿o eran X?).

 

Tampoco es casual que en la especialidad de medicina de familia la hermana de “lo social”, “lo comunitario”, esté también separado del resto por una i griega. Hace unos años me preguntaba un amigo, educador social, si en España había una especialidad de medicina social. Le contesté con el orgullo herido que sí: la medicina familiar y comunitaria. No sé si la respuesta era un ejercicio de acrobacia, ya que mi salto de lo teórico a la práctica había sido más arriesgado que un triple brinco mortal con tirabuzones, o de ingenuidad, porque en realidad no engaño a nadie al afirmar una cosa tal. Asumámoslo: nos definimos biopsicosociales por una especie de moda, por apego al acta fundacional de nuestra especialidad, pero en el mejor de los casos solo somos bio-psicosociales. Y en la mayoría de las ocasiones, simplemente biobiobio.

 

Sí que consideramos que los aspectos sociales influyen en la salud. La soledad infinita y no redentora, sobrevivir a un hijo, no tener para llegar a fin de mes, que el gobierno te haya considerado no digno de estar asegurado, ser víctima de la violencia con que te obsequiaba la persona con la que compartías la vida. Hace falta ser muy insensible para no percatarse de ello. Pero nos apresuramos a zanjar la cuestión con una coletilla final casi inevitable: “no tengo tiempo para esas cosas”, “a esas cosas ya se encarga la asistenta social”, “manejar estos problemas es cosa de otros”. Curioso: “la cosa”. Ajena, lejana, como si formara parte de “otro” universo.

 

Y lo es. En realidad es como si viviéramos en otro mundo. Nos sentimos diferentes. Así lo hemos mamado desde pequeñitos, incluso antes de ser médicos. Nos hemos formado en otro mundo. Los médicos formamos parte de una élite. Llegan a la carrera sólo los que tienen notas excelentes, muchos tras haber pasado por colegios privados donde no caben gitanos, inmigrantes o discapacitados. Es una carrera larga, la más larga de todas, y eso no hay muchos bolsillos familiares que lo resistan. Tendemos a pesar que el piso de estudiantes es lo más parecido a un pozo de marginalidad, y que la miseria es cosa de unos pocos muy pocos o de un pasado muy pasado. Los espejos en los que nos miramos, profesores con corbata, tutores con maletines de cuero, nos reflejan un futuro de vidas higiénicamente impecables, prósperas, impermeables a la desesperación del que no puede ni permitirse comprar un termómetro para medirse la fiebre, indisolubles a la íntima suciedad de la chaqueta mil veces puesta del paciente “sin cita” de las 14,37.

 

Con los primeros sueldos de residente viene la emancipación, la casa adosada en la urbanización, lejos, muy lejos, de los suburbios donde los pocos que tienen trabajo antes de volver a casa se calientan las manos en la hoguera del descampado donde comparten, agotados, las miserables historias de los milagros que nunca llegan. Viene el primer coche propio, al que mimamos, los primeros pequeños lujos que pronto se vuelven cotidianos, los primeros viajes exóticos que repetimos año tras año. Cada paso profesional afianza nuestro territorio, nuestro lugar en el mundo, rodeados de iguales muy iguales y separados del resto de los mortales más mortales que nosotros. Casi la única ligazón con la realidad de los que podrían llevar códigos Z escritos en su frente la vemos al otro lado de la mesa de la consulta, en el domicilio de personas inmovilizadas, desde la ventana del coche mientras nos acercamos al centro de salud. Un abismo y mil barreras hay, o ponemos, entre “ellos” y “nosotros”.

 

Ellos, los otros, los Zeta, los últimos en todo, piensan que te deben algo. Que es una bendición poder contarte, desde el calor de la consulta del que ellos carecen en sus hogares, sus penas, a veces a nadie antes reveladas por miedo a la incomprensión, a la reprobación pública por los que saben que la condena al desánimo no prescribe y no deja escapatoria, es lo que hay, dicen, aunque saben que nada puedes hacer por ellos salvo ofrecerles un silencioso minuto de dignidad. Pero están equivocados: somos nosotros los que le debemos algo a ellos. Todos los días nos enseñan, impúdicos, un mundo que no comprendemos pero que también es nuestro y olvidamos por el camino.

 

Para Rafa Cofiño, que me enseñó a no dar por terminado un libro hasta el final, incluído el diccionario

A los Zeta

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Barrio. Las zapatillas estaban calientes. La cocina era azul. Tu hombro olía a pan. https://www.instagram.com/rcofinof/

 

 

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