La Medicina y la Salud Pública (con mayúsculas)


Mi querido Valentín – hermano y compañero de viaje en esto de la comunitaria desde hace ya muchos años- me había dejado un regalo la última vez que había venido a España desde Colombia. Por determinadas circunstancias no había conseguido tenerlo hasta ahora, justo cuando está volviendo de nuevo a esta tierra.

El regalo es un libro. “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince. Lo estoy partiendo despacito, a ratos, recortando cachos como mal lector que soy. El libro cuenta la terrible y hermosa historia del padre del autor, de Héctor Abad Gómez, médico colombiano especialista en salud pública y luchador de los derechos humanos de su pueblo.

Este es el capítulo 8 y en el que se resume varios de los principios fundamentales que no debería de perder la vista ni la medicina ni las ciencias de la salud. Pese a las situaciones diferentes (enfermedades infecciosas, sistemas sanitarios. condiciones sociales y políticas, Colombia) hay muchas similitudes con nuestras realidades (enfermedades no transmisibles y enfermedades crónicas-sistemas sanitarios-condiciones sociales y políticas, España).
Debería ser un capítulo de lectura imprescindible en nuestras facultades y en las academias de preparación de MIR…

Para mi papá el médico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económica y la salud, dejar de ser un brujo para convertirse en un activista social y en un científico. En su tesis de grado denunciaba a los médicos-magos: “Para ellos el médico ha de seguir siendo el pontífice máximo, encumbrado y poderoso, que reparte como un don divino familiares consejos y consuelos, que practica la caridad con los menesterosos con una vaga sensación de sacerdote bajado del cielo, que sabe decir frases a la hora irreparable de la muerte y sabe disimular con términos griegos su impotencia”. Se enfurecía con quienes querían simplemente “aplicar tratamientos” a la fiebre tifoidea, en lugar de prevenirla con medidas higiénicas. Lo exasperaban las “curaciones maravillosas” y las “nuevas inyecciones”, que los médicos daban a su clientela particular que pagaba bien las consultas. Y la misma revuelta interior la sentía contra quienes “sanaban” niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de sus enfermedades, que eran sociales.

Yo no recuerdo, pero mis hermanas mayores sí, que a veces las llevaba también al Hospital San Vicente de Paúl. Maryluz, la mayor, se acuerda muy bien de una vez la llevó al Hospital Infantil y la hizo recorrer los pabellones, visitando uno tras otro a los niños enfermos. Parecía un loco, un exaltado, cuenta mi hermana, pues ante casi todo los pacientes se detenía y preguntaba: “¿Qué tiene este niño?” Y él mismo se contestaba “Hambre”. Y un poco más adelante:”¿Qué tiene este niño?” “Hambre” “¿Qué tiene este niño? Lo mismo: hambre”. “¿Y este otro? Nada: hambre.¡Todos estos niños lo único que tienen es hambre, y bastaría un huevo y un vaso de leche diarios para que no estuvieran aquí. Pero ni eso somos capaces de darles: un huevo y un vaso de leche! ¡Ni eso ni eso! ¡Es el colmo!”.

Gracias a su compasión, y a esa idea fija de una higiene alcanzable con educación y obras públicas , consiguió también, mientras era estudiante, y aunque con oposición de los ganaderos, que creían que así iban a acabar perdiendo plata, que fuera obligatorio pasteurizar debidamente la leche antes de venderla, pues en sus exámenes de laboratorio había encontrado amebas, bacilos de TBC y materias fecales en la leche que se vendía en Medellín y en los pueblos vecinos. Decía que la sola medida de dar agua potable y leche limpia salvaba más vidas que la medicina curativa individual , que era la única que querían practicar la mayoría de sus colegas, en parte para enriquecerse y en parte para aumentar su prestigio de médicos de la tribu. Decía que los quirófanos, las grandes cirugías, las técnicas de diagnóstico más sofisticadas (a las que sólo tenían acceso unas pocas personas), los especialistas de cualquier índole o los mismos antibióticos -por maravillosos que fueran- salvaban menos vidas que el agua limpia. Defendía la idea elemental -pero revolucionaria, ya que era a favor de todo el mundo y no de unos pocos- de que lo primero es el agua y no deberían gastarse recursos en otras cosas hasta que todos los pobladores tuvieran asegurado el acceso al agua potable. “La epidemiología ha salvado más vidas que todas las terapéuticas”, escribió en su tesis de grado. Y muchos médicos lo detestaban por defender eso en contra de sus grandes proyectos de clínicas privadas, laboratorios, técnicas diagnósticas y estudios especializados. Era un odio profundo, y explicable tal vez, pues el gobierno siempre estaba dudando sobre cómo repartir los recursos, que eran pocos y si se hacían acueductos no se podían comprar aparatos sofisticados ni construir hospitales.

Y no sólo algunos médicos lo odiaban. En general, su manera de trabajar no era bien vista en la ciudad. Sus colegas decían que “para hacer lo que hace este médico no se necesita diploma”, pues para ellos la medicina no era otra cosa que tratar enfermos en sus consultas privadas. A los más ricos les parecía que, con su manía de igualdad y la conciencia social, estaba organizando a los pobres para que hicieran la revolución. Cuando iba a las veredas y hablaba con los campesinos para que hicieran obras por acción comunal, les hablaba demasiado de derechos, y muy poco de deberes, decían sus críticos de la ciudad. ¿Cuándo se había visto que los pobres reclamaran en voz alta? Un político my importante, Gonzalo Restrepo Jaramillo, había dicho en el Club Unión -el más exclusivo de Medellín- que Abad Gómez era el marxista mejor estructurado de la ciudad, y un peligroso izquierdista al que había que cortarle las alas para que no volara. Mi papá se había formado en una escuela pragmática norteamericana (en la Universidad de Minnesota), no había leído nunca a Marx, y confundía a Hegel con Engels. Por saber bien de qué le estaban acusando, resolvió leerlos, y no todo le pareció descabellado: en parte, y poco a poco a lo largo de su vida, se convirtió en algo parecido al luchador izquierdista que lo acusaban de ser. Al final de sus días acabo diciendo que su ideología era un híbrido: cristiano en religión, por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles; marxista en economía, porque detestaba la explotación económica  los abusos infames de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado, pues los pobres en el poder, al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y despiadados que los ricos en el poder.

-Sí, un híbrido entre caballo y vaca: que ni trota ni da leche – decía en son de burla Alberto Echevarría, un hematólogo y compañero universitario de mi papá, el padre de Daniel, mi mejor amigo, y de Elsa, mi primera novia.

En la Universidad también lo criticaban y trataban de ponerle zancadillas para dificultarle la vida. Dependiendo del rector o del decano de turno, podía trabajar en paz, o en medio de mil reclamos, cartas de recriminación y sobresaltos por veladas amenazas de despedirlo de su cátedra. Aunque él todos esos ataques intentaba resolverlos, o al menos olvidarlos con una carcajada, llegó un momento en que no bastaron las carcajadas para conjurarlos.

De los muchos ataques que recibió, mi mamá recuerda muy bien el de uno de sus colegas, un prestigioso profesor de la misma Universidad, y director de la cátedra de cirugía cardiovascular, el Tuerto Jaramillo. Una vez estando mi papá y mi mamá presentes, el Tuerto dijo muy enfático, en una reunión: “Yo no respiraré tranquilo hasta no ver colgado a Héctor de un árbol de la Universidad de Antioquía”. Pocas semanas después de que a mi papá, al fin, lo mataran, como tantos durante mucho tiempo habían deseado, mi mamá se encontró con el Tuerto Jaramillo en un supermercado, y mientras este recogía bandejitas de carne, se le acercó y le dijo muy despacio y mirándolo a los ojos: “Doctor Jaramillo, ¿ya está respirando tranquilo?”. El Tuerto se puso pálido, y sin saber qué decir dio media vuelta y se alejó con su carrito de supermercado.

PD. Javier Segura hizo una reseña sobre Héctor Abad en su blog hace unos años. Puede leerse aquí.

3 comentarios sobre “La Medicina y la Salud Pública (con mayúsculas)

  1. Muchas gracias Rafa por el artículo. Te añado amigo Rafa una referencia de un artículo titulado CUANDO EL DOLOR se VUELVE DIGNIDAD: el olvido como síntoma que publiqué en mi sección Salud con h-Alma en Granada Digital donde Hector Abad Faciolince es mi referencia. Un libro que me enamoró y que me llevó a escribir este artículo

    👉 https://www.granadadigital.es/cuando-el-dolor-se-vuelve-dignidad-el-olvido-como-sintoma/

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