La pandemia y el etmoides


Desde Anatomía en primero siempre me ha deslumbrado el etmoides. Se trata de un hueso corto, pequeño, impar, simétrico, liviano, compacto encajado en medio del cráneo. Una estructura que pasa desapercibida – de hecho profesionalmente no hemos vuelto mucho al etmoides- pero que es “el centro óseo de la mayoría de los huesos de la cara, los cuáles se agrupan a alrededor de él para participar en la formación de las órbitas y de las fosas nasales“. Pequeño, discreto, humilde y callado pero con una hermosa complejidad que se engrana meticulosa y preciosamente con otros huesos para acoger a otra serie de estructuras anatómicas que, sin atreverme a enumerar porque soy un incompetente en la materia, deben de servir para apoyar el olfato y la mirada, y que sirven para descansar otros tejidos y células con los que imaginamos, tocamos o sentimos el mundo alrededor. El etmoides se articula y engrana con otros huesos pequeños que forman parte de la estructura con la que, en parte, pensamos y sentimos el mundo. Este mundo tan pensado y tan sentido y que tanto nos ha dolido y nos duele estos últimos meses.

Además de su belleza anatómica – es un breve territorio de crestas y valles, mesetas, crestas, apófisis, barrancos y cuevas, recodos y desfiladeros- lo que más me fascina es su capacidad de aguante, engranaje y soporte: central, liviano pero sólido, firme pero frágil. En la pandemia hemos visto muchos etmoides. Y no refiero a todos los etmoides que hemos acariciado realizado la recogida de muestras para el diagnóstico de PCR en todo este período (1.347.213 en Asturias hasta ahora). No, no me refiero a eso. Me refiero a personas-etmoides.

Hemos visto, y seguiremos viendo, muchas personas-etmoides en la pandemia, antes de ella y después de ella: ligeras y frágiles, pero sólidas, firmes, centrales, que han sabido engranar y articularse, personas fundamentales y discretas, sin ocupar espacios mediáticos ni acaparando conversaciones, trabajando en lo cotidiano y sin buscar un espacio para la posteridad. Personas que, digan lo que digan, siempre han estado y seguirán estando. Personas que han generado espacios de trabajo cotidiano: desde la crítica cuando es necesario, pero alejados del arribismo y de la queja de platea y del columnismo de vidriera repleta y salón. Personas que han construido y construyen desde el compromiso y la palabra justa y necesaria. Tercas, solemnes, sólidas y que no quieren ni agradecimiento ni reconocimientos.

Crecimos con esas personas. Recuerdo esto que escribí hace un tiempo pensando en una de ellas, un superhéroe de un barrio de Gijón:

Cuando lo conocí pensé mucho en aquella reseña de Sandor Marai que tanto citamos: “Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes”
Algo en él le daba apariencia de ser -como dice siempre mi hermano Nacho- una persona sólida. Siempre me sorprendió la forma inmutable con la que hacia su recorrido cotidiano. En aquella época mi viaje a casa era vulgar y lo previsible venía marcado por los horarios del autobús que enlazaba una escuela áspera con una casa luminosa.
Coincidíamos todos los días. Yo lo observaba desde mi refugio en el cristal del autobús. Había una cansina fortaleza en su forma de cruzar las calles de aquel barrio todavía inconsistente en forma pero tan robusto ya en contenido.
Un par de años más tarde obtuve el permiso familiar para dejar el autobús y poder volver caminando a casa. Mi otro hermano, Nacho, me insistía que aquellas horas muertas de camino arriba y abajo iban a conformar mi caracter y mi cojera,  y vaticinaba que tanto andar me traería felicidades de gorriones y charcos.
En aquel tiempo me lo cruzaba caminando y podía observarlo más de cerca. Tenía una edad indefinida aunque joven. Parecía tener todos los argumentos para un cansancio inmenso – no sé precisar porqué- pero lo ocultaba en la forma de caminar firme y soportando una cazadora pesada. Miraba al frente y parecía sonreír pese a estar serio. Parecía que volvía de la revolución o de besar a una mujer o de salvar a mil niños. Pero sin gesto de posteridad. Sólo por requisito y principio en su tarea. No le pesaba el calor ni el frío. Parecía subir la calle silbando pero no salía música alguna de sus labios.
Nos cruzábamos siempre en una zona de nadie del barrio. Un punto bien definido donde se inventaron los no-lugares. Las calles y las personas estábamos comenzando a crecer. Aquel lugar donde durante unos segundos nos cruzábamos era una especie de tejido tumoral revuelto, se acumulaban trozos de ciudad creciendo y otros a punto de extinguirse, aún había barro y piedras al lado del asfalto y plantas creciendo rebeldes y un tendejón de madera donde aún quedaban olores de animales y establos. Un no-lugar que firmaba la nostalgia que nos crecía en los huesos adolescentes.
Día a día nos cruzamos allí durante cuatro años. Junto a otros animales mitológicos de barrio que subían y bajaban: la belleza de lo efímero.
Fui incapaz de decirle una palabra en todo ese tiempo Estoy seguro que nunca se fijó en mí.
Tenía una épica dignidad soportando aquella cazadora barata y pesada durante todo el año. Como quien vuelve de vencer en todas las derrotas o de dar por concluidos los infinitos trabajos y pesares del mundo.

Un comentario sobre “La pandemia y el etmoides

  1. Me encanta esa expresión, “vencer en mil derrotas”. Ha conseguido intrigarme con ese hombre misterioso, a la vez que trasladarme a ese Pumarín en construcción caótica de los sesenta setenta.

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