La casa de nuestros padres y ascensores sociales


Conocer el entorno donde nacimos, crecimos, nos educamos, nos relacionamos durante nuestra infancia y adolescencia posiblemente es fundamental para entender muchas cuestiones sobre nuestra salud y nuestro bienestar y nuestro lugar en el mundo. Para entendernos sería bueno profundizar en dónde estuvimos en esos años, pero también profundizar no sólo en dóndes sino en qués y cómos.

El microsistema de Bronfenbrenner habla de eso (desde su modelo ecológico, que más pasa el tiempo más creemos que nuestra compañera de salud pública Nadia García, tenía razón cuando decía que Dahlgren y Whitehead hicieron su cromo de determinantes sociales cuando vieron el cromo a Brofenbrenner):


Y el microsistema, dicho de otra forma bellísima, era aquello que cuenta Cărtărescu en «El solenoide», al referirse a la gelatina azul que envolvía el barrio, Floreasca, donde vivía de pequeño el protagonista. Una gelatina protectora que separaba el microsistema del mesosistema de un niño que comienza a salir de su primer entorno social protector:

«El cielo se combaba como una campana que abarcara bajo su copa al barrio entero. Para ir a cualquier parte, teníamos que atravesar el cielo. Alrededor, en las cercanías, sólo había tres lugares: la tienda de ultramarinos, con la panadería anexa, el dispensario y la comisaría de policía. A la primera iba yo solo, con el dinero en la mano. Estaba calle abajo, justo al otro lado del muro de gelatina del cielo. Cruzaba armándome de valor la gelatina azul, de un grosor de dos o tres metros, y salía afuera, donde no había cielo sino un vacío ceniciento. A la vendedora le asombraban siempre las gotas azules que salpicaban mi pelo y mi ropa tras atravesar el muro de gelatina azul»

Y ese entorno es también todo aquello que contaban Clyde Hertzman y Tom Boyce –en aquel fundamental artículo – sobre cómo los acontecimientos vitales que vamos teniendo día a día en aquellos años de infancia y adolescencia, nuestras experiencias, nuestros aprendizajes se reflejan bajo nuestra piel y nuestro código postal (el constructo del código postal, no solamente en lo geográfico) construyen y modifican las tildes, comas y exclamaciones de nuestro código genético, la epigenética.

Anoté hace unos meses una noticia sobre la tesis doctoral de Carlos Gil Hernández que había sido galardonada como mejor tesis del año por el European Consortium for Sociological Research. El título de la tesis es ‘Cracking Meritocracy from the Starting Gate: Social Inequality in Skill Formation and School Choice’. En sus palabras, la pregunta de investigación que trata de responder su trabajo es el siguiente: «¿Cómo las familias de estatus socioeconómico alto evitan que sus hijos desciendan en la escalera social, aunque tengan una habilidad académica baja?». Y recuerdo aquello de qué música se escucha en que casa y los ascensores sociales de escuchar una u otra música o, claro, siempre, The Wire y las desigualdades sociales en salud.

Y cómo, en fin, la forma en la que pones el cuerpo a la hora de entrar en el río de la vida o la forma en la que ganamos o perdemos entropía (el desorden o la entropía de nuestros cuerpos, pensando en Millás) moviéndonos en ese microsistema, cruzando la gelatina azul de nuestros barrios, tratando de tomar un ascensor, se incrusta en nuestra biología, en nuestras adrenales y en los poemas que combinamos con letras y acentos en el material genético y condiciona nuestros procesos de salud y bienestar o malestar y enfermedad o en nuestra incertidumbre buscando un lugar en el mundo.

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