Waiting for an angel


Eduardo G. Cienfuegos falleció ayer en Oviedo. Médico y psiquiatra. Era un hombre nuevo (quería decir bueno, pero me salió nuevo).
(Cuando volví a casa de mi madre dos meses después de su muerte el termometro todavía marcaba una temperatura. Es increíble que ciertos cuerpos puedan fugarse pero permanezca el calor aún).
Eduardo era un hombre bueno. Se le quería mucho. Aprendimos mucho de él. Trabajó en drogodependencias. Mimaba a ciertas personas de forma que pocos saben mimar. Recuerdo que cuando hablamos un día de un paciente común, conocía sus dos apellidos. Y los pronunciaba con una ternura exquisita y profesional, con la misma ternura que acompañaba el proceso de aquel chaval por las calles de Mieres (no he podido olvidar el nombre y los dos apellidos de aquel muchacho).
No se porqué al pensar ahora en él pienso en Gabriel Aresti cuando hablaba de nobleza, de ser nobles, o cuando decía “la vida es muy larga, y todavía nos prometen más. Si tuviera la duración de un beso, yo estaría contento”.
Vamos a echarlo jodidamente de menos.

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