Entrevista a Mercedes Pérez y a Juan Gérvas: “Y allí estaba Mercedes, estudiando el fémur. La invité, fuimos al cine, nos enamoramos, y hasta hoy, más de 47 años juntos”


A estas alturas no hay mucho que contar de Mercedes Pérez y de Juan Gérvas que ustedes ya no sepan. En lo personal les tengo un gran aprecio que no me haría ser objetivo. En lo profesional el aprecio es igual de grande, sumado a buenas discusiones que tuvimos y que espero podamos seguir teniendo. Puedo decir que me han ayudado a pensar, me han dado preguntas y me han ayudado a pensar. A estar o no estar de acuerdo, pero a pensar.
El motivo de esta entrevista, en exclusiva para Salud Comunitaria (OMG!) es que nos cuenten algunas de esas cosas que muchos de ustedes estaban deseando saber…. Muchas gracias a ambos por su generosa colaboración.

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(Mercedes y Juan en Formentera en 1973)

¿Cómo fue el contexto de vuestra infancia, vuestra familia?

Mercedes. Nací y crecí en la ciudad de Madrid, cerca de los Nuevos Ministerios, en el barrio de Chamberí, con veranos deliciosos en Establés (Guadalajara, un pueblecito donde nació mi padre, del Señorío de Molina de Aragón, a orillas del río Mesa, en la Sierra del Aragoncillo). Un padre maestro, en colegio público, y una madre ama de casa (asturiana, trabajó antes de casarse de auxiliar de quirófano). Sin pobreza, pero con las escaseces propias del salario de un maestro. Dos hermanos mayores (la segunda también niña) y uno menor. Gran independencia y vida familiar pues hasta los 13 años no me incorporé a la educación reglada, en el Instituto Lope de Vega. Con claridad respecto a que “una carrera universitaria es todo lo que puedo dejaros por herencia”. Niñez y adolescencia felices con los problemas comunes a esas edades. Desde entonces conservo dos amigas con las que continuo muy unida, a pesar de los distintos derroteros de la vida de cada cual.

Juan. Fui el quinto de nueve hermanos (dos únicas chicas, menores que yo) de forma que toda mi infancia fue de “invisible” por no ser ni de los mayores ni de los menores. Es decir, tuve enorme libertad que ejercí estando en la calle casi de continuo, con el campo cercano (viví en Badajoz, y el Guadiana fue un río de placeres náuticos en el verano) y familia con propiedades rurales (los cerdos, la paja, el calor del verano con los campos abrasados, subir a los árboles, el olor de los membrillos). Mi padre fue militar y cambió de destino para lograr vivir en una ciudad con universidad; hubo un error y en lugar de acabar en Barcelona terminamos en Gerona (dos años, el comienzo de la adolescencia, el catalán, el primer amor, el Instituto junto al río Oñar, el casco viejo, la catedral, las sardanas los domingos, la montaña, las setas, las asociaciones de cine y senderismo). Finalmente mi padre consiguió el traslado a Valladolid, a costa de pasar a servicios civiles. Enorme contraste con lo castellano para un extremeño-catalán, frío y nieblas, con la parte buena de encontrar amigos que todavía duran.

¿Qué recuerdos tenéis más presentes de aquella casa de vuestra infancia?

M. Vivíamos en un cuarto piso y enfrente había un asilo enorme con un inmenso jardín. Recuerdo los ratos en el balcón, viendo pasar la vida en el asilo, con los ancianos sentados en los bancos. Recuerdo las navidades y poner el belén. Los vecinos, cada uno tan distinto. Los acuerdos para regular los tiempos de encendido de la caldera de la calefacción. La progresiva “dotación” de recursos domésticos, de la heladera (con hielo que había que ir a comprar) al frigorífico, de la tabla de lavar la ropa a la primera lavadora automática, y luego a la definitiva. Recuerdo las lecturas clandestinas de los libros de mis hermanos mayores, y el impacto en mí (por ejemplo, de “La sombra del ciprés es alargada” y de “La peste”, y de “Gog” y del “Libro Negro”). Recuerdo mi actividad “empresarial” comprando tabaco en paquete y revendiéndolo a cigarrillos; también dando a niños menores alguna clase particular de francés y de “recuperación”. Recuerdo las horas de estudio en casa, el Circo Price instalado en las cercanías, los domingos en el Retiro y la música en el templete, en la esquina la venta de churros entrelazados con un junco, los ramos de lilas (“¡de la Casa Campo, lilas!”) que vendían los gitanos. Recuerdo mi casa como lugar de acogida para los amigos y familiares que “pasaban” por Madrid, la casa siempre abierta, siempre un plato y una cama. Del pueblo todo son recuerdos de libertad, de ir a la fuente, de participar en la trilla, de ser “mimada” por los campesinos y cazadores que apreciaban a mi padre, del trabajo de mi tío como herrero, el fuego, el martillo inmenso, el yunque y el forjado. Recuerdo de siestas haciendo vainica y labores, de las fiestas y de los anisillos, de la caza que traía mi padre (y si no era “de pelo” me tocaba desplumar) y de los primeros amores.

J. En Badajoz vivimos en dos casas, una de pisos (en el tercero, creo) y al final en un chalet. Del piso recuerdo a mi hermana mayor recluida por “orinar sangre”, y a mí mismo enfermo de anginas y la visita del médico que acababa con una inyección. Recuerdo el patio trasero inmenso donde hacíamos barbaridades con las lagartijas y el fuego. Recuerdo haber sido traído a casa por un guardia después de haber roto a pedradas una bombilla, en las murallas.  Recuerdo las visitas a la casa de las abuelas (y sus galletas recién hechas), los juegos con los hermanos y los primos, todo el día en la calle. Recuerdo las “batallas” a pedradas, con los chicos de otros barrios y las heridas (“piqueras” en la cabeza). En el chalet se añaden los placeres de la huerta, especialmente comer habas recién recogidas. También el asombro de ver parir a una oveja, en el campo al lado de casa. Recuerdo las obras, con los obreros trabajando a pico y pala, las largas filas de burros, los botijos y las botas (de vino). En Gerona, la casa al lado de las vías del “tren petit”, correr con los perros a su lado, compitiendo con la locomotora, las responsabilidades para encender la caldera, la tensión sexual al descubrir el sexo, la horas vespertinas placenteras en la biblioteca pública cuidado por una bibliotecaria “madre” que encendía la estufa con cáscara de piñones para que yo disfrutara con los cuentos de Tintín y otros (terminé suspendiendo tres asignaturas, por lo que pasé el peor verano de mi vida, me juré no volver a suspender nunca y así fue). En Valladolid en la torre del Cuatro de Marzo, en el décimo piso, recuerdo subir las escaleras corriendo, más deprisa que el ascensor, los geranios que mi padre tenía en el balcón, la cooperación con mi madre para ir a comprar de todo (era el más obediente, el más bueno, al que podía decir “reza tú, que si tú rezas sale todo bien”), el descubrir la vida, la crueldad del fascismo y de la dictadura y la injusticia económica y social, los existencialistas, los americanos (del sur), la música gregoriana, el comunismo y a los cristianos de base. Las primeras lecturas de “mayor”, todas las obras de Delibes, la lectura diaria de “El Norte de Castilla”, el cambio de Julio Verne a Papini, de Salgari a Aldecoa, de Espronceda a Hölderlin, del Arcipreste de Hita a Baudelaire, de Machado a Elliot, y así. Las primeras películas serias.

¿Por qué Medicina?

M. Entre mis lecturas de adolescente, las obras de los psicoanalistas, de Freud a Jung, lo que alimentaba los debates con amigos y conocidos sobre la enfermedad mental. Fue el interés por la Psiquiatría la que me llevó a las aulas de la Facultad de Medicina. Mi padre quería que fuera maestra, pero no puso pegas a Medicina.

J. Quería hacer Biología, me interesaba el cuerpo de los mamíferos. Había tenido un excelente profesor en el Instituto, y hecho disección en animales. Cuando expresé mi deseo a mis padres se les rompió el corazón pues no existía Facultad en la Universidad de Valladolid, y no podían pagar los estudios fuera. Acepté su sugerencia y empecé Medicina, como otros tres hermanos mayores (mi padre abandonó los mismos estudios en Salamanca por consecuencia de la Guerra Civil, de 1936-39).

¿Cuál era vuestra asignatura favorita?

M. La Psiquiatría.

J. Anatomía.

¿Han cambiado las facultades de antes respecto a las facultades de ahora?

M. Desde luego; por ejemplo, hoy predominan entre las alumnas las mujeres. Cuando nosotros empezamos pretendían sentarnos “segregadas”, en un lado del aula. Nos rebelamos y logramos mezclarnos ya desde primero. Era difícil el acceso a las revistas científicas (New England y demás). Eran frecuentes los exámenes orales. Si tenías interés, el hospital era tuyo, sin casi trabas (no había residentes, y los alumnos “ocupábamos” esa “tierra de nadie”). No han cambiado los métodos, parece mentira, siguen como en la Edad Media, ahora con los “power point” pero similar. A nosotros esos nos ayudó mucho, pues coleccionábamos “matrículas de honor” combinado en los exámenes lo que había dicho el profesor en clase (nos turnábamos los dos para no faltar y tener apuntes) y el estudio por libros (al menos tres libros distintos por asignatura).

J. Los cambios son aparentes, en el fondo las facultades están igual de muertas que cuando nosotros estudiamos. No es extraño comprobar año tras año que entre las mejores 200 universidades del mundo no haya ninguna española. Los alumnos siguen perdiendo su capacidad mental y sus valores a lo largo de la carrera. Lo que se pretende son “contestadores de exámenes tipo test para aprobar el MIR con buena nota” y eso es lo que se consigue, no profesionales comprometidos con los pacientes y críticos con el conocimiento (infectados de “escepticemia”). Hay excepciones,. como siempre, pero es terrible comprobar el daño que hacen las facultades españolas a sus alumnos con tal de mantener los monopolios y las pequeñas miserias de los profesores y de los departamentos. Tuve la posibilidad de hacer carrera académica (en Anatomía) pero no dudé en la renuncia y nunca me he arrepentido. Hemos tenido siempre relación con la universidad y con la docencia académica, pero de refilón, sin dedicación exclusiva, excepto algo más de dos años entre la Escuela de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins (Baltimore, Estados Unidos) y la Escuela Nacional de Sanidad (Madrid).

Mercedes, Juan, probablemente conformáis una de las alianzas afectivas y profesionales más famosas de la Atención Primaria de este país. Sé que hay mucha gente con interés de saber esto ¿Podéis contarnos cómo os conocistéis y como surgió lo inevitable (“eso que llaman amor para vivir…”)? (como la lectura será para todos los públicos tratad de omitir acontecimientos que puedan herir la sensibilidad de menores).

M. Es algo que le gusta siempre contar a Juan. Que lo explique él. En todo caso al principio, los primeros meses de primero de Medicina, a mí me llamó la atención, como un empollón, redicho y enclenque. Luego me conquistó para siempre, dije “este, para mí…”.

J. Llegué a primero de Medicina con 16 años, con el corazón palpitante cada día al entrar en el inmenso anfiteatro (eramos 500 alumnos). Las asignaturas me parecieron elementales al ir siempre por delante de los profesores, con la lectura de los libros de la biblioteca (en casa no había más que para comprar un libro de Medicina por año) desde la introducción a las notas a pie de página. Descansaba los jueves por la tarde, en que iba al cine con algún amigo o compañero (casi siempre del otro sexo). Aquel jueves todas me habían fallado, invité hasta a mi madre. Desesperado (no me ha gustado nunca ir solo al cine) me fui a la facultad, a la sala de anatomía, a ver si había alguien. Y allí estaba Mercedes, estudiando el fémur. La invité, aceptó, me di cuenta de que no llevaba dinero, fui a casa de un amigo a pedírselo, fuimos al cine, nos enamoramos, y hasta hoy, más de 47 años después de aquel 10 de marzo de 1966. Nos quisimos casar al cumplir los 18 años, pero no se teníanos la mayoría de edad hasta los 21 de forma que ambas familias nos amenazaron con todo tipo de represalia. Y, efectivamente, al poco de cumplir los 21 nos casamos, en mitad de quinto curso. Todo el mundo pensó que “de penalti”. Tuvimos el primer hijo a los diez meses de casarnos, ya en sexto de carrera (compatibilizamos los estudios con el trabajo a salto de mata y las clases particulares) a finales de octubre de 1970. Los otros tres (también varones) llegaron en 1972, 74 y 76.

Habladnos sobre alguna lectura temprana (no tiene porqué ser medica, claro) en la adolescencia o en la juventud que os haya influido de forma muy importante.

M. “Nada” de Carmen Laforet. Me llegó al alma, me conmovió.

J. El primer “Informe FOESSA (Fundación de Fomento de Estudios Sociales y Sociología Aplicada, de Cáritas)”, de 1966. Dicho informe me enfrentó a los datos demoledores de la pobreza y de la desigualdad en España. Nada ha habido tan gratificante para mí como colaborar en el informe de 2009 (“Atención primaria de salud, política sanitaria y exclusión social”).

A veces, cuando se os escucha, parece que tenéis una gran seguridad en todas vuestras afirmaciones ¿Os habéis equivocado alguna vez?¿Pensáis que podéis estar equivocados en la interpretación de algunos de los temas que defendéis vehementemente?

M. Esa impresión es falsa. Nunca tenemos seguridad en nuestros conocimientos,  fundamentos y prácticas. Siempre buscamos argumentos, hechos, publicaciones y textos que nos ayuden a perfeccionar nuestra comprensión. Nos cuesta mucho expresar una opinión determinada, podemos tardar años en formarla, y siempre la estamos re-elaborando.

J. Desde luego, cuando hay que tomar decisiones necesitamos “heurísticos” (atajos) y en ese sentido podemos parecer categóricos y dar impresión de gran seguridad. Pero damos mil vueltas a las cuestiones. Por ejemplo, llevamos casi 40 años debatiendo acerca de los problemas éticos genéticos, que bien se expresan en el “caso” del diagnóstico precoz de la enfermedad de Huntington al que hemos dedicado cientos de horas, y de estudio, sin llegar a publicar nada. Cuando llegamos a una conclusión suele ser acertada, sobre todo si nos “atrevemos” a publicarla (publicamos en torno al 80% de lo que “producimos”).

¿Cuál es el principal problema de salud de este país?

M. La desigualdad social. Ser pobre es una condena a vivir y morir con/por enfermedades y problemas de salud “médica y socialmente evitables”. Ser pobre conlleva sufrir en vivo y en directo la Ley de Cuidados Inversos.

J. La falta de democracia, que se expresa bien con la debilidad del Estado frente al delito y el fraude fiscal. La falta de democracia mata más que el cáncer o los problemas cardiovasculares al hacer frágiles las estructuras y organizaciones públicas que deberían “defender” a las minorías (y a todos) contra los abusos de los poderosos (que en su afán de recorrer con rapidez el camino de la codicia dejan un rastro literal de enfermos, minusválidos y muertos).

Tratemos de ver, aunque cueste dado el panorama actual, el vaso medio lleno: ¿Cuáles son las fortalezas que tenemos en nuestro país para poder mejorar la situación en la que nos encontramos?

 M. Por ejemplo, todavía la corrupción no ha llegado a todas las actividades de la sociedad. Por ejemplo, “sentimos” todavía que el sistema sanitario debería ofrecer cobertura universal que evitase el sufrimiento y las MIPSE (morbilidad y mortalidad innecesariamente prematura y sanitariamente evitable). Por ejemplo, la lista de pacientes del médico de cabecera tiene una historia centenaria (las “igualas”) y es bien aceptada por la sociedad. Por ejemplo, hay empresas españolas con capacidad de superar la crisis sin dañar a sus trabajadores (no incluye, lamentablemente, el Sistema Nacional de Salud).

J. Conviene el optimismo, en el sentido de Unamuno (“un pesimismo relativamente optimista”). En España tenemos una estructura social y familiar que está ayudando a capear el temporal provocado por los corruptos (políticos, financieros, banqueros, constructores y sindicalistas, con alguna excepción). El estilo de vida de los españoles es muy sano, somos capaces de disfrutar de la vida (amistad, familia y sexo) en medio del temporal. Desde luego somos orgullosos y a veces muy ignorantes, pero también solidarios y tolerantes. Queda mucho recorrido antes que los del PSOE, del PP y de CiU logren destruir la sociedad española con su trabajo sumiso a los poderes corruptos que los han corrompido.

Sois grandes profesionales en muchas cosas, pero lo sois sobre todo en la crianza de cachorros humanos!! (grandes padres y grandes abuelos) ¿Algún consejo para los que están iniciándose en ello?

M. Hagas lo que hagas lo podrías haber hecho mejor. Disfruta, pues, de la oportunidad única de ver crecer y madurar a un cachorro humano. Es un espectáculo diario, desde el nacimiento a la madurez (¡e incluso la vejez!).

J. No hay “escuela de padres”. Conviene sencillamente el amor sin límites a la pareja (con mucho y variado sexo) pues eso ayuda a que los dos sean tolerantes con la diversidad que traen los hijos, tan distintos de nosotros mismos y entre sí.

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10 comentarios en “Entrevista a Mercedes Pérez y a Juan Gérvas: “Y allí estaba Mercedes, estudiando el fémur. La invité, fuimos al cine, nos enamoramos, y hasta hoy, más de 47 años juntos”

  1. Rafa, Hombre! Que buena nota. Que sana envidia. Debemos encontrarnos todos (con los de la nota y el notero) y tomarnos unas sidras en Oviedo o una cervezas Patricia en Uruguay!
    Abrazo
    Miguel

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  2. Bueno, me ha parecido realmente maravilloso.
    Todos deberíamos tener la oportunidad de vivir un amor como el de esta pareja. Afortunados ellos que lo tuvieron tan claro. Envidiable !

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  3. Mi admiración y respeto por la sensibilidad a la verdad, más allá de la ciencia! Cuanta necesidad hay en este mundo de muchas Mercedes y muchos Juan! Bendecidos están y particularmente AGRADECIDA por sus valiosos aportes al misterio universal del cuerpo humano! Gracias

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