Padre


Remember when the scenery started fading
I held you til you learned to walk on air

Leonard Cohen

 

Attesa (Nils Frahm Rework)– Balmorhea

Mi padre llevaba diez hilos de aire para enhebrar el barrio y el pasado que iba tallando con su gubia de carpintero.
Siempre tuve vergüenza de tener un coche con marca mejor que el suyo. Me parecía una falta de respeto para alguien que había perdido piel, pelo y la posibilidad de conjugar ciertos verbos para que yo pudiera conjugar otros. La solidaridad gramatical del ebanista.
Nacimos en una casa que no tenía ningún libro en la estantería. MI padre dejo de leerlos cuando su padre lo sacó de la escuela para que echara una mano en el taller de carpintería del barrio. Mi madre dejó de leerlos cuando dejó de estudiar pronto para trabajar en esas fábricas verticales sin ascensor, con cocinas de carbón y planchas, y con niños desorientados, donde las mujeres de mi barrio cuidaban y trabajaban sin recibir un sueldo a cambio. Con todos aquellos libros que no tenía en sus estanterías, su empeño era ir llenando las nuestras. Era como un milagro anual. Año tras año nuestras estanterías se llenaban de libros. Por cada libro que ellos no leían, mi hermana y yo leíamos tres. Una historia épica a las que nadie dedica literatura en casi ningún sitio.
De guaje me salvó muchas veces la vida explicándome matemáticas y perspectivas caballeras. Pero recuerdo perfectamente el día que sin palabras me miró y dijo: Hasta aquí puedo llegar hijo, no sé explicarte más. Tendrás que ir tú solo. Sentí pudor y respeto. Y me puse colorado como aún sigo haciendo. Creo que aquella frase de Cohen del escenario desapareciendo no era de Cohen, era suya. Aunque él nunca escuchó a Leonardo como Angel quizás nunca coincidió con Angel.
Nunca tuvimos unas vacaciones juntos de playa y hotel, ni de hotel ni de nada. Le acompañé en varios rápidos e inmensos viajes de trabajo de punta a punta del país. Midiendo muebles y espacios en aquellos viajes que me generaron dependencia y melancolía. Ñoaranza. Apuntaba y hacía esquemas, ponía el lápiz en la oreja, dibujaba mapas, viajaba dos mil kilómetros, dormía poco, volvía a anotar y contar distancias, medía con nobleza, bromeaba, se reía mucho, cantábamos juntos en el coche y viajaba otros dos mil kilómetros. Y así de nuevo, como un Sísifo de lo cotidiano.
Hace cien años estando en el lugar más perdido del mundo recordé algo que me dijo un día en aquellos viajes: no te imaginas la melancolía que se tiene cuando se ve atardecer fuera de casa. Y yo le miraba y me preguntaba y cuál es nuestra casa.
En aquellos viajes viajábamos míticos al sur y yo le ponía la música que masticaba con mis hicopondrios y que soñaba con los vacíos y le trataba de contar algo sobre mí y de cómo merecía la pena algo de todo aquello que iba viviendo gracias a él y a mi madre. Pero no sabía cómo explicarle el milagro de las estanterías (un milagro parecido que también pasaba en el cuarto derecha o en otros terceros o segundos de la calle). Y me gusta pensar que le decía que aunque él no lo creyera muchas veces, todo iba bien en aquel flaco y pálido de gafas que miraba asombrado el mundo a su lado.
Aparecía pocos días en nuestras vacaciones en casa de los abuelos maternos o en la casa del pueblo. Aquel fin de semana que anunció que acabaría el trabajo pronto y que podría venir con nosotros al monte, me pasé el día entero quitando piedras del camino. La entrada en pendiente no era un buen sitio para aparcar con todas aquellas piedras afiladas y sueltas rodando. Una a una toda la mañana, con mi hermana, quitamos piedras y preparamos la entrada para su coche. ¿Qué hacéis ahí? dijo mi madre. Preparando el camino a papá. Para que pueda tener el camino limpio para dejar el coche cuando venga esta noche a dormir a casa.
Y aquello, sí: perder la posibilidad de conjugar ciertos verbos para que yo pudiera conjugar otros nuevos.

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